Beatriz tiene sólo 9 años y ya su vida está llena de triunfos, mientras que Edgar sigue siendo el niño aislado que nadie ha sabido entender ni encaminar en sus vocaciones.
La base de sus vidas, está en dos historias muy diferentes, una de amor y luchas incansables, mientras que la otra es de cobardias e indiferencias.
La pequeña Beatriz ya no quiere más cámaras, es una niña especial que nació con retraso mental, pero en brazos de una madre que se dedicó a ella con todo el amor del mundo. Juana, su madre, cuando camina por las calles a llevar su pequeña a las prácticas de natación para niños en su condición, siempre tiene en mente, que hace varios años, tenía que llevarla en brazos. ¡Cómo pasa el tiempo! Nunca se detuvo desde el día en que a pocas horas de nacer, le dijeron que su pequeña tendría una condición especial. Fue doloroso en principio, pero luego se adaptó a ella, la ayudó a superarse cada dia en las habilidades que tenía y hoy, su hija, es una deportista destacada. Beatriz mira a Juana como quien ve a Dios, su madre es todo para ella y parece sentir y saber, que sus logros han sido una unión básica de dedicación y amor materno, además de la aplicación de sus esfuerzos.
Edgar, tiene ya 15 años y sigue caminando con la cabeza baja, como quien está perdido y no conoce sus objetivos en la vida. También es un niño especial, pero con menos complicaciones que la pequeña Beatriz, sin embargo, con menos oportunidades de desarrollarse, porque nadie se ha entregado a su lucha. Edgar anda ahí, ya un adolescente, pero sin metas claras en la vida. Nació con retardo, ante el dolor de sus padres que lo amaron desde el inicio, pero no se entregaron lo suficiente para ayudarlo a superarse.
Habia que levantarse día a día, como lo hizo Juana, y había que ser persistente, así como la misma Juana. Hay que dar días y noches, desencantarse un dia y alegrarse el otro, pero mantener la fe, en ese fruto de tus entrañas.

