Al parecer el río Masacre o Dajabón no cuenta con alguien que se preocupe de su real extinción, pues este afluente ni les importa a las autoridades haitianas, que se las pasan agrediendo esa obra de la naturaleza, dispuestas a destruirlo si fuera necesario, ni mucho menos a las dominicanas, que en una actitud demagógica y politiquera, buscan hacerle creer a la ciudadanía que el rescate de sus cauces está entre sus prioridades.
Lo anterior significa que la responsabilidad de defender al desprotegido masacre recae en la población en sentido general, que debe organizarse para evitar que este recurso no renovable desaparezca, culpa de la desidia burocrática de ambas naciones.
A pesar de que parece que el presidente Luis Abinader tuvo que quitarle la vocería del asunto al canciller Roberto Álvarez, quien desde un principio lo manejó de forma obstinada, el mandatario, sin embargo, ha circunscrito sus hechos a únicamente solicitar al gobierno haitiano la detención de la funesta obra que lacera el caudal y la flora del Masacre.
La República Dominicana debe llamar a consultas al embajador dominicano en Haití, y entregarle una nota verbal, que es una manera diplomática de mostrar el enojo del país con el gobierno de la vecina nación.
Pero eso sería lo idóneo si realmente existiera un cuerpo diplomático defensor de los intereses nacionales con programas y metas a cumplir, pero lo que hay es una argamasa de adulones, correveidiles y cantamañanas de los gobiernos de turnos, que de esa manera logra mantener los jugosos salarios en dólares que devenga, y que en resumidas cuentas, es su razón de ser.
Por: Elvis Valoy
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