Hace algunos días salió una encuesta en la que, además de toda la información innecesaria del posicionamiento de las candidaturas para las próximas elecciones, que francamente lo uso como papel de baño, sacó a relucir un dato curioso sobre cuáles son los problemas que más aquejan a la ciudadanía. Por encima de la delincuencia, por encima del costo de los bienes de consumo, por encima de la corrupción, por encima de los apagones, el problema que más viene afectándonos es el tránsito de vehículos.
Esto es interesante considerando que hace dos años el tránsito no era incluido en este tipo de encuestas. Ya hoy es el principal problema. Y no es para menos. Personalmente, hace más de un año ni se me ocurre ir a mi casa en horas pico después del trabajo en la tarde. El trayecto a la oficina en la mañana que antes recorría en 20 minutos, hoy me toma hasta una hora. Y en fechas especiales, como estas últimas navidades, es mejor transitar en bicicleta que quemar combustible en tapones de hasta cuatro horas.
Hay algo particularmente caótico del tránsito de vehículos en Santo Domingo. Por lo general les echamos culpa a los conductores inescrupulosos, y ciertamente algunos son inexcusablemente salvajes, pero también, la estructura de las vías, la señalización, los agentes, los peatones, el tránsito público, etc. llevarían hasta a un suizo a cometer imprudencias en esta selva.
Hace unos meses, me puse a ver mapas de las calles en las principales ciudades de Latinoamérica. Todas bien cuadriculadas, alguna que otra deformación por asuntos de topografía, pero tenían sentido y orientación. Impresionante, considerando que son culturas similares a la de nosotros.
Al hacer el mismo ejercicio con Santo Domingo, las costillas casi se me fracturaron de reírme. El que abre el mapa de calles de esta ciudad va a sentir que está leyendo un jeroglífico Maya, con rayas tiradas al azar y figuras alegóricas a animales salvajes. En el norte del Distrito Nacional, Hainamosa, Villa Mella, Los Alcarrizos y otros, se puede jugar al encuentra la salida del laberinto que solían poner en los periódicos. Pero lo que literalmente estuvo a punto de matarme de la risa fue encontrar calles en forma de lagarto, en forma de escorpión, en forma de gato, un número cuatro ¡y hasta unas calles que formaban una carita feliz! Seguro alguien más creativo encuentra la forma de la Virgen María trazada en alguna ruta.
Si al garabato llamado red de calles le sumamos los semáforos sin luz, los semáforos con luz pero no sincronizados, los AMET que hacen lo que les venga en gana, el funcionario que pasa porque sí, los carros y guaguas públicas que se detienen donde se les canta, y la monstruosa cantidad de vehículos y motores donde muchas avenidas principales tienen solo dos y tres carriles, tenemos una receta para el desastre.
Viendo la cantidad de gente y puestos de trabajo que se siguen mudando a la zona, los centros de dispersión que se construyen, las torres que se levantan, y las ferias de vehículos casi trimestrales, no habrá ni elevado ni metro que valga. A este ritmo, Santo Domingo parece condenada a ser intransitable en los años por venir y como me duele lo cara que se viene poniendo la gasolina.

