María era una niña de cinco años, que tenía sólo dos preocupaciones en su vida: sus padres y su muñeco de trapo.
María quería tanto a su muñeco, que si se separaba de él más de diez minutos, ya notaba que le faltaba algo, e iba rápidamente a buscarlo para estar con él.
El muñeco de trapo tenía ya muchos años, porque María lo había heredado de su madre, y por eso tenía las ropas rasgadas, y uno de sus ojos estaba a punto de caerse.
La madre de María vio al muñeco de trapo tan deteriorado, que decidió tirarlo a la basura y comprarle otro muñeco moderno a su hija.
Cuando se enteró María, fue corriendo al cubo de la basura, sacó al muñeco y se lo llevo a su cuarto, donde se puso a llorar abrazada a él.
Sus padres fueron a hablar con ella, pero María no quería hablar, estaba muy enfadada y no entendía por qué sus padres habían hecho eso.
Después de llorar un rato, María saltó como un resorte de la cama y se fue a buscar aguja e hilo. Cogió al muñeco con una mano y con la otra empezó a coserlo en todo aquello que estuviera roto
Después, llevo al muñeco de trapo al baño y lo lavó con agua y jabón hasta que pareció nuevo.
Luego fue a ver a sus padres y les dijo: Papá y mamá, os perdono, pero debéis saber que un muñeco roto puede ser mucho más importante para mí, que cincuenta muñecos nuevos y modernos.
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