El papa Benedicto XVI, quien cumple una conflictiva y agobiante visita al Reino Unido, ha declarado sentirse avergonzado y humillado por los casos de abusos sexuales que se imputan a sacerdotes, acciones que calificó como crímenes atroces, que le han causado profundo dolor y tristeza.
Sin vacilación, el papa Ratzinger abordó el tema sobre curas pederastas y admitió que la autoridad de la Iglesia no ha sido suficientemente vigilante, ni suficientemente veloz, ni decidida para tomar las medidas necesarias, confesión que lo presenta como un Pontífice valeroso dispuesto a enfrentar tan dilatada afrenta.
Previo a su visita a Londres, la Iglesia de Irlanda confrontó una severa crisis por un informe oficial que la acusó de no actuar contra los casos de abusos sexuales cometidos por sacerdotes durante 70 años y reclamó del clero irlandés remitir a la justicia las documentaciones sobre esos crímenes.
Antes de ocupar el avión que lo transportó a Edimburgo, Benedicto reconoció que la Iglesia en su conjunto -los obispos y el Vaticano- no han sido suficientemente vigilantes, veloces y decisivos a la hora de afrontar los abusos sexuales contra menores.
En la cuna de la Iglesia Anglicana, el Vicario de Roma ha llevado un mensaje claro y contundente de tolerancia cero frente a los curas pederastas y ha renovado el compromiso de su pontificado con la educación y atención a los jóvenes.
El ilustrado Papa alemán, que antes fue Guardián de la Fe, ha emprendido una difícil cruzada relacionada con la ética sacerdotal que merece y reclama el concurso de toda la Iglesia, en especial de sus obispos y sacerdotes.
Las dificultades del viaje papal a Inglaterra comenzaron con la falta de recursos para costear los casi 15 millones de dólares de la travesía, y han seguido con el descubrimiento de un posible complot para atentar contra la vida del Pontífice, además de las manifestaciones de hostilidad a esa visita provenientes de sectores religiosos y políticos que condenan los casos de curas pederastas.
El papa Benedicto requiere del concurso toda la feligresía católica, que unida en oración ha de pedir al Altísimo que auxilie a su siervo en la ardua batalla para librar a su Iglesia de los demonios que se expresan en miles de abusos sexuales contra niños, niñas y adolescentes, perpetrados por sacerdotes.

