Sí, el Partido de la Liberación Dominicana no merece el poder. Está derrotado. La oposición logró la hazaña, tampoco una poblada popular con las masas en las calles reclamando derechos y justicia; no fue huelga nacional indefinida, ni una revolución armada, y mucho menos un golpe de Estado.
Nadie lo hizo, el PLD se derrotó a sí mismo.
Lo desbordó la ambición, la acumulación de riquezas provenientes del presupuesto, la corrupción cada vez más obvia y descarada; la impunidad del saqueo de los bienes públicos.
El PLD se hundió en un abismo dejando atrás los principios y valores que le dieron razón de ser en un momento determinado. El partido de la entrega nacional al gran capital nacional y extranjero; el partido que prácticamente regaló los recursos no renovables como el oro; el que endeudó, irresponsable y desproporcionadamente la nación empeñando el presente y el futuro de varias generaciones sin lograr resolver ninguno de los grandes males del país.
El PLD no merece continuar en el poder. Se descalificó. Sus principales dirigentes y líderes están agotados y desprestigiados con acusaciones de malversación del dinero del erario.
El caso de Félix Bautista y Víctor Díaz Rúa, secretario de organización y de finanzas del PLD, respectivamente, es una muestra de apenas dos botones. Hay otros, claro que hay otros, tan o más poderosos que los imputados. Como dijera monseñor Masalles, no están todos, falta gente en esa guagua de Odebrecht. (Yo diría en el gigantesco tren de la corrupción).
Los sobornos por más de 92 millones de dólares (alrededor de 4 mil 600 millones de pesos) constituyen “una chilata” con relación a las fortunas de algunos diputados y senadores, que cogieron adicionalmente 3.5 millones de dólares para la compra de los aviones Súper Tucano.
Joaquín Balaguer decía que la corrupción se detenía en la puerta de su despacho. Es posible. No lo sé. Lo que sí sé es que Balaguer vivió siempre en un patio de la calle Máximo Gómez, que no se casó nunca, que no tenía amantes y que no dejó más fortuna que la biblioteca que donó antes de morir. Juan Bosch, viejo y cansado de tanto ir y venir, adquirió una vivienda porque unos amigos se la construyeron.
Estuvo casado durante décadas con doña Carmen. Dejó como herencia los libros que había escrito, los que había leído y una escuela moral que sus alumnos cerraron con 50 candados. Peña Gómez tras su muerte dejó más problemas que soluciones a sus herederos. Ninguno de los tres tenía ambiciones que no fueran políticas.

