Todos los defensores de los derechos humanos y las libertades públicas, de causas y valores, tienen que regocijarse con el reconocimiento que acaba de hacer Estados Unidos a la activista Sonia Pierre por la valiente e incansable lucha de esa gran ciudadana a favor de los inmigrantes de origen haitiano.
Sería una mezquindad que por su condición de domínico-haitiana se ignorara o desaprobara un galardón a una mujer abnegada, madre de cuatro hijos, que ha enfrentado en cuerpo y alma, sin reparar en obstáculos, la discriminación contra los niños de ascendencia haitiana. Con valor espartano ha resistido, sin doblegarse, acoso, insultos y toda suerte de presiones. Una mujer admirable que por su temple y buenas maneras es digna de reverencia. Ya quisiera el pueblo dominicano contar con una activista como la presidenta del Movimiento de Mujeres Domínico-Haitianas, que hiciera lo mismo, en Estados Unidos o España.
Lo más probable es que fuera otra la suerte de muchos compatriotas que por falta de esa lucha que ha protagonizado Sonia no han conseguido el espacio y el reconocimiento a que tienen derecho en esos países.
El pueblo dominicano debe sentirse orgulloso de que uno de los suyos, sin importar el origen, sea reconocido por Estados Unidos o la comunidad internacional por una labor tan humana como la de esa gran mujer y ciudadana que es Sonia Pierre.
Ella es de origen haitiano, pero aquí hay muchas personas importantes de ascendencia española, árabe, italiana, japonesa, china, cocola y demás de cuyos aportes al desarrollo económico y social la nación siente legítimo orgullo. También están los peloteros. El premio al valor y el coraje entregado por Estados Unidos a Sonia Pierre debe ser recibido como un homenaje a la mujer y al país.

