Opinión

El rostro del Tío Sam

El rostro del Tío Sam

Por ser la más horrorosa, la única cara que se ve y asusta en la crisis de Venezuela es la del Tío Sam. Las necesidades que padece el pueblo y las violaciones al sistema institucional en que ha incurrido el presidente Nicolás Maduro se han tornado irrelevantes frente a un supuesto interés de Wshington de apropiarse del petróleo y las riquezas del país suramericano, como si en realidad fuera la única nación que presionara por la restauración del sistema democrático, desconociera las autoridades que se juramentaran el 10 de enero o que volcara ayuda humanitaria a la República Bolivariana.

El nefasto historial de intervenciones militares y el apoyo a los regímenes más sanguinarios y antidemocráticos de la región han contribuido con esa mala imagen, que el presidente Donald Trump, para colmo, quiere resucitar a través del terror y decisiones tan repudiadas como el muro con México para frenar la inmigración ilegal al territorio.

Aunque Trump ha declarado que no descarta ninguna opción frente al conflicto venezolano, la verdad es que ni siquiera sus aliados más entusiastas ni los que entienden que Maduro debe irse de todas formas favorecen una salida militar.

De hecho, la Unión Europea y varios países han advertido que jamás respaldarían una intervención armada como solución al conflicto. Quienes asumen la compleja crisis como una suerte de piñata por los recursos venezolanos es muy probable que estén afectados por la pasión o cierto desconocimiento del desarrollo de los acontecimientos desde mucho antes de la farsa electoral de mayo de 2018.

Es necesario recordar que cuando Maduro asciende al poder a través de unas ajustadas elecciones que ganó en 2012 ya el modelo chavista venía de capa caída. Ese deterioro, que se agravó en la medida que comenzaron a escasear los recursos, determinó que Maduro postergara la convocatoria de las votaciones legislativas que se celebraron a finales de 2015 y en las que el oficialismo sufrió una aplastante derrota.

Desde ese momento el panorama quedó más que despejado. Sin embargo, el oficialismo, antes de ceder el control al Parlamento reestructuró el sistema judicial para castrar las funciones de los congresistas. Como nada pasó, a pesar de las protestas que dejaron cientos de civiles muertos, Maduro pensó que podía salirse siempre con las suyas.

Casi tres años después convoca a la farsa en la que corre como único candidato, con los principales líderes de la oposición inhabilitados, presos o en el exilio, un consejo electoral parcializado, sin votación de los venezolanos en el exterior, con arreglos de los colegios y sin ni siquiera observadores internacionales imparciales. En la región puede que hayan pasado cosas peores, pero no es el caso. El caso es que Maduro llegó demasiado lejos.

El Nacional

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