Confieso que no era mi intención volver sobre el tema. Pero, ríos de tinta, bramidos e improperios han corrido luego de la publicación de nuestro artículo ¿Juristas o sastres del poder?
Ha sido como aventurarse a la gran caverna de Polifemo, el horrible cíclope de un solo ojo en la frente y grandes colmillos de sables que engullían hombres y a través del cual el genio de Homero describió la descarnada lucha entre el poder y la razón.
De un lado, hombres de Derecho y Filosofía han despertado de su largo letargo y, toga en mano, reclaman más rigor y honestidad intelectual en las postulados que se sostienen en el debate. Del otro, el viejo Zaratustra de Nietzsche ha vuelto a hablar desde las catacumbas y como celebérrimo ser ungido por las deidades proclama ser una criatura superior, un sabio, un verdadero “superhombre”: “muertos están los Dioses/ ahora queremos que viva el superhombre /estoy hastiado de mi sabiduría/como la abeja que ha recogido demasiada miel”.
Qué puede ser la verdad si no más que un monopolio que se retuerce y consuma en beneficio propio. Lo demás es cosa de insolentes de “conocimiento precario”.
¿Qué Cicerón es este que afirma que el poder debe atenerse al Derecho? Con sobrada razón Octavio y Antonio sirvieron en bandeja de plata su atormentada cabeza. ¡Que estúpido es esto de Lord Acton de que el poder corrompe y el poder absoluto corrompe absolutamente! ¿Quién ha sido el osado que ha dicho que la función primordial del constitucionalismo es contener el poder? .
¿Acaso no saben que la genialidad del celebérrimo se ha colmado de sapiencia al punto de haber creado su propio teorema, concebido por el prisma de su método de interpretación constitucional para amarrar la burra donde diga el dueño al mejor estilo de Hipólito Mejía?.
Solo que en estas ficciones de la memoria jurídica, el celebérrimo incurre en las mismas lagunas de Ireneo Funes, el memorioso personaje del cuento de Borges que de tanto recordar no recordaba nada. Para Funes, el conocimiento no es un atributo, sino una desgracia, pues su memoria no es la suma de su sabiduría, sino que está constituida por su capacidad para olvidar.
Siendo así, para qué responder las iras y las necedades del celebérrimo. Hay que entender que esto es una parodia de aquella anécdota en que Napoleón asistió a la puesta en circulación de un libro del famoso matemático Simon Laplace y al terminar la presentación el emperador proclamo: “Monsieur me cuentan que ha escrito usted este gran libro sobre el sistema del universo sin haber mencionado en él, ni una vez, a su creador”. Y Laplace contestó: “General, no he necesitado esa hipótesis”.

