En una nación donde un octogenario invidente preservó influencia política hasta el día de su muerte, -claro, habría que determinar quién tenía menos visión, si él o sus acólitos-, solo ilusos podían suponer que la derrota coyuntural que sufrió el Presidente al no poder modificar la Constitución para viabilizar su repostulación, significaba su renuncia a continuar intentando mantener vigencia y crear las bases para el pronto retorno de un político que, con los históricos artilugios, se ha agenciado una inmensa cuota de poder.
Desde que finalizó su más difícil alocución dirigida al país, en la que debió afrontar el difícil desafío de proyectar bondad, sacrificio y entrega donde solo había dolor, rencor y desilusión, escribí que se había clausurado la puerta de su presentación para el 2020, para iniciar la batalla por el reeleccionismo del Danilismo a través de un incondicional que garantice que nada cambie, y sobre todo, que no ponga en riesgo arreglos artificiosos de expedientes mayores, al tiempo de presionar para que sus resortes de manipulación determinen la extirpación de la Carta Magna de un definitivo impedimento que, dadas las características de los liderazgos nuestros, sustentados en el presupuesto y en la suscripción de decretos, lo convertirían en poco tiempo en recuerdo desolado.
Él, que motivos le sobran para obstaculizar el paso, tanto de corrientes adversas procedentes de su litoral partidario y, con mayor razón, de fuerzas externas que aun sea pequeños pellizcos podrían provocar en una piel en extremo sensible, apenas culminado su ineludible discurso entonó cánticos de guerra y empezó a desarrollar tácticas a las que jamás hubiese querido recurrir, pero que la incontrastable realidad le impuso como frenazo súbito a evidentes intenciones continuistas. Extrajo, del fondo de su faltriquera tirada en un rincón escondido, su plan B.
Casi de forma inmediata reunió sus tropas, integradas por sumisos dependientes que añoran de forma queda su bendición mágica. Les trazó directrices maestras a ser asumidas para seleccionar el ungido cuya misión fundamental será llevar el trofeo sin acariciarlo mucho hasta tanto retorne su único e indisputable conquistador. En ese momento, los reunidos no sospechaban que nuevas sorpresas aguardaban, adicionando competidores contra los cuales resulta difícil lidiar.
Para el frente interno rebelado, los aprestos han sido tan contundentes, que su leoncito de circo no ha podido emitir su primer rugido, como si de golpe hubiese cobrado conciencia de que su infortunada estrategia desató furias que podrían arrasarlo.

