Gracias a Dios, un sostenible crecimiento social y económico en nuestro pedazo de isla se mantiene en constante movimiento. Ello explica que, aún cuando somos un país del tercer mundo, avancemos sin prisa pero sin pausa; y eso es lo importante.
Efectivamente, la modernidad no se detiene. Sucede que a veces, como consecuencia de las complejidades del diario vivir, nos olvidamos del positivo patrón de cambio que felizmente viene dando nuestra República Dominicana. Hoy día, a diferencia de tres décadas atrás, observamos el vertiginoso crecimiento de edificios, túneles, elevados, pasos a desnivel y avenidas.
Antes, cuando visitábamos el chinchorrito, el colmadito o la bodeguita del barrio; por igual los colmados y los almacenes de los pueblos; jamás llegamos a imaginarnos que en estos tiempos modernos nos encontraríamos con gigantescos supermercados y centros comerciales.
Antes, cuando usábamos máquinas de escribir, manuales o eléctricas, ni siquiera pensábamos en que nuestros estudiantes acabarían teniendo en sus centros de enseñanzas modernas computadoras.
Antes, teníamos obligatoriamente que visitar 4, 5 o 6 pequeños locales comerciales para comprar 6 o 7 artículos. Sin embargo, hoy nos paramos a echarle gasolina o gasoil al tanque del vehículo y ahí mismo podemos comprar periódicos, revistas, pan, galletas, dulces, cervezas, refrescos, jugos, pastillas, cigarrillos….
Antes, andábamos con los bolsillos y las carteras llenas de papel moneda; hoy día el uso de las tarjetas de créditos o débitos se hacen imprescindibles en nuestras transacciones comerciales.
Aún cuando reconocemos que todavía laten problemas medulares, los cuales vienen siendo arrastrados desde hace décadas, las condiciones materiales de existencia han mejorado para la familia dominicana.
En definitiva, ya no somos lo mismo que éramos. Y eso significa que vamos avanzando por buen camino. No estamos a la zaga en el hoy aceptado y complejo mundo económico global.

