Apiñados en el pasillo de un autobús de la OMSA, la ciudad se nos antoja surrealista. Diez pesos nos dan paso a un autobús verde con un intento de aire acondicionado, acaso insuficiente para el número de usuarios que entran y salen de parada en parada. La unidad tarda en llegar, no por la marcha, moderada y prudente. Se trata de la baja oferta ante una demanda creciente.
Roces involuntarios entre lengüetas de agarraderas inútiles provocan inevitables empujones y codazos que la cortesía y sencillez del dominicano disimulan.
Una embarazada reclama un sillón rojo. No sé a qué se refiere, pero aún así no hay espacio para formalismos. Se les hace imposible ponerse de pie a los que van sentados, acorralados por los amontonados, agarrados de los tubos.
Ignacio Ditrén, guía y mentor de este servicio, podría ocultarse tras unas gafas oscuras para abordar una OMSA. Pero no me parece que sus libritas de más puedan abrirse paso en medio de este caos.
Con alto sentido de justicia, reconocemos el esfuerzo de Ditren y la OMSA para ofrecer un servicio que es la única solución a la notable demanda de transporte en Santo Domingo, urbe que agrupa a 4 millones de personas.
La demanda supera la oferta dos veces, por tanto debe ser duplicada. Su eficacia se reflejaría en el presupuesto de miles de dominicanos, puntualidad en el trabajo, menos densidad en el tráfico de vehículos en calles y reduciría los noveles de contaminación ambiental [el gas natural se impone].
Ante la falta de recursos, se me ocurre proponer que el Estado subsidie a empresas para aumentar la flota de autobuses en Santo Domingo y Santiago. Confortables y limpias, estas unidades privadas pueden cubrir las rutas de la OMSA, cobrando entre 25 y 50 pesos por pasajero, en vez de diez. Miles de usuarios dejar sus carros en casa para irse en guagua. La mejor forma de ahorrarse stress y dinero.
