En política, el liderazgo debe estar al servicio de valores positivos, más cuando se trata de la dirección o conducción de un grupo social o la colectividad nacional.
El perfil de un líder debe ser el de una persona con cualidades y capacidad que le favorezcan en la guía y control de otros individuos.
Esto es desde el punto de vista filosófico, porque la realidad es que cualquiera que se alquila a un grupo de personas, o logra con buenas artes atraerse algunos seguidores, de inmediato se hace llamar líder.
Eso es común en nuestro escenario político, y ha llegado al extremo de que un mismo partido tiene varios líderes. Claro, me refiero al PRD, PRSC y PLD.
En el caso del partido blanco, desde su fundación en 1939 sólo ha tenido dos líderes reales; Juan Bosch y José Francisco Peña Gómez, aunque sí muchos dirigentes y candidatos a los que sus cercanos les hacen creer que realmente tienen ese perfil.
Sin embargo, este partido tiene la peculiaridad de que ninguno de los que llegaron a la Presidencia de la República en su boleta, tuvieron ni pretendieron atribuirse roles de líderes.
Antonio Guzmán Fernández, Salvador Jorge Blanco e Hipólito Mejía, llegaron a la Presidencia asumiendo perfiles bajos a lo interno de la organización. No olvidemos que el PRD es todavía una federación de grupos.
Jacobo Majluta intentó disputar el liderazgo a Peña Gómez y el resultado fue que ambos murieron sin alcanzar la Presidencia del país.
En su momento, a Hipólito le hicieron creer que era realmente el líder del PRD y bajo ese artificio lo envolvieron en un proyecto reeleccionista del que ha tenido que admitir y asumir el error histórico que representó para él y su partido.
Parte de esos dirigentes que en 2002 actuaron al lado de Hipólito, ahora susurran propuestas similares a los oídos de Miguel Vargas Maldonado.
Parecen desconocer que en el PRD nadie ha podido ser exitoso como presidente de la entidad y candidato al mismo tiempo. Y es riesgoso ignorarlo.

