No escribí mi trilogía de novelas —integrada por Guerrilla nuestra de cada día, 1964-2005, Currículum (El síndrome de la visa), 1982, y El Personero (1984), evocando a Trujillo y su dictadura, sino al trujillismo como una ideología que operó discontinuos que semiotizaron lo social, creando patrones conductuales que, por opresión, quebraron e impidieron las sensibilidades que deben fluir hacia lo histórico, lo cual es otra cosa.
Trujillo fue tan sólo un hombre, un accidente, un ente, alguien que por inducción y persuasión de una estructura como los US Marine Corps, debía dejar en el país un ordenamiento básico para la hegemonía norteamericana y recuperar el pago de la deuda externa del país, tras la compra efectuada por ellos de la Santo Domingo Improvement Co., a la Westendorp, en 1897.
El trujillismo, así, fue un sistema que aglutinó inteligencia y fuerza brutal para incidir, de manera absoluta, en la totalidad de la producción social dominicana, incluyendo, desde luego, el más dominante ordenamiento de las demás estructuras. Por eso, el atropello de Trujillo se operó desde un sistema que introdujo cambios radicales en la vida del país y que —a cuarenta y tres años de su muerte— se siguen sintiendo y odiando.
Y posiblemente sea esta una de las razones por las que critico, a menudo, a quien escribe sobre el trujillismo y se detiene, enfáticamente, en señalamientos concernientes a los efectos negativos del hombre, obviando, a priori, las demás operaciones y reivindicaciones introducidas por la dictadura para beneficio del país. Algo similar ha ocurrido en mucha de la literatura construida alrededor de los regímenes fascistas de Italia, Alemania y España, comandados por Mussolini, Hitler y Franco, en donde a veces se introducen las anécdotas e intrigas como paradojas para —y como diría Wittgenstein— crear las incertidumbres y dudas que, casi siempre, devienen en puro folclor, o en mitos. Todo crítico literario sabe que la historia comenzó —basta sólo con leer a Heródoto— con una simple narración en que el sacrificio de la verdad era lo de menos, porque lo trascendente consistía en elevar la entretención de la cosa referida por encima de la autenticidad histórica. Dos mil cuatrocientos años después, Wittgenstein —en su Tractatus logico-philosophicus, 1922—señala que uno de los recursos para comprender la historia es la evidencia y, cuando todo falla, entonces apelar al silencio; es decir, callar.
La Era de Trujillo, o sea, el régimen implantado por Trujillo (el trujillismo) fue un sistema integrado —y constantemente alimentado en un espacio de treinta y un años— por casi tres generaciones de dominicanos, fortaleciéndose con inmigraciones de españoles, judíos europeos, húngaros y japoneses, y para no sólo novelarlo o referirlo como un suceso o un evento, el narrador o historiador no deben apoyarse únicamente en la anécdota y el chisme, sino ubicar y referir las evidencias y sus consecuencias, o callar. De ahí, entonces, a lo de llover sobre mojado, a ese machacar de intrigas que oculta acontecimientos desfavorables y favorables sobre la Era.

