Por Eddy Montilla
El COVID-19 ha creado una crisis global que afecta los sectores económicos y sociales a niveles inimaginables en estos tiempos modernos. Hasta el momento, el coronavirus ha cambiado la forma de vivir de mucha gente, de trabajar y de relacionarse también. Sus secuelas son tan negativas que ya hay pensadores y filósofos hablando de un estilo de vida marcado por un antes y después de la enfermedad. Los muertos disminuyen, pero no paran de contarse. El bolso ya no abulta y la cartera se estrecha, pues ya no hay dinero como antes o, en el peor de los casos, no hay trabajo. Los clásicos “charchis” (charlas y chismes) de nuestras amas de casa se han reducidos al mismo nivel que el beso en la mejilla a la chica guapa o el apretón de manos y abrazos para saludar al amigo o a nuestro vecino. Todo esto me recuerda a Pablo Neruda: “Nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos”.
Pero algo tan peligroso como lo expuesto anteriormente es que la pandemia amenaza también con llevarse nuestra esperanza, trata de amainar nuestra fe en la idea de que vendrán tiempos mejores. ¿Y qué es el ser humano sin una esperanza? Un río seco, una lámpara sin lumbre.
La plaga de Justiniano (posiblemente a causa de la peste bubónica) que empezó en el año 541 mató probablemente entre treinta y cincuenta millones de personas (algunos dan cifras mayores que pueden variar según el historiador o la fuente) ensañándose en Europa. A pesar de todo eso, el mundo sobrevivió y se hizo más fuerte. Algo más de 800 años más tarde, entre los años 1347 y 1351 aproximadamente, la peste negra mató a unos 25 millones de personas en Europa solamente. El mundo, al igual que antes, continuó su curso hacia adelante. Las plagas y enfermedades no han menguado ni en cuanto a su número ni en cuanto a sus atrocidades aun con los avances tecnológicos y científicos de hoy en día, pues los muertos por el sida, por ejemplo, podrían rondar los 40 millones de personas en la actualidad. De todas formas, de alguna u otra forma, el mundo sobrevivió, sobrevive y sobrevivirá.
Elizabeth II, la reina del Reino Unido, dirigió un mensaje a su país de poco menos de cinco minutos el mes pasado, el cual fue visto por unos 24 millones de personas. Esa fue apenas la quinta vez en sus 68 años de reinado que ella se dirigía a la gente en un discurso fuera de las anuales felicitaciones de Navidad. Sus últimas palabras enmarcan lo importante que es mantener el verdor de la esperanza en tiempos de crisis: “Debemos buscar consuelo pensando que, aunque tenemos por delante todavía días difíciles a los cuales tenemos que enfrentar, mejores días vendrán…”.
Y sin intenciones de querer minimizar las bellas palabras de la reina, su discurso es solo un ápice comparado con las increíbles acciones hechas todos los días por la gente común para llevar paz, esperanza y consuelo a los que más sufren por el coronavirus: En Italia, una violinista toca en la azotea de un hospital para las enfermeras y doctores que atienden a los pacientes. En Inglaterra, España e Italia, los lugares más castigados por el COVID-19 en Europa, las personas, desde sus lugares de confinamiento, aplauden, cantan y tocan sartenes para agradecer y levantar el ánimo al personal sanitario. En Estados Unidos, bomberos usan su camión para saludar sorpresivamente por la ventana a un compañero desde el exterior y una madre carga a su bebé por primera vez después de batallar contra la enfermedad, como queriéndonos decir que por cada muerte, por cada hoja que cae del árbol en otoño, viene al mundo una nueva vida, un nuevo brote en primavera. Que tantas noticias aciagas no minen nuestros corazones y aferrémonos mejor a la esperanza, pues como canta Mocedades, “Sobreviviremos a esta década mortal, permanece fiel a tu libertad. Aunque tengamos que vivir en una nave espacial, sobreviviremos, sobreviviremos… ¡Vamos a empezar!”.
El autor es periodista.

