Los piropos de mis alumnas de comunicación social, en las décadas de los 80 y los 90, me hacían sentir feliz, pero con el paso de los años se pierde el atractivo físico. El vientre crece, la piel se arruga, los brazos adelgazan y los glúteos se achatan.
Ahora soy un señor a diario toma pastillas para controlar patologías, llevar dieta alimenticia y caminata regular. No fumo y solo ocasionalmente tomo un trago. De no ser esto cierto, el deterioro sería mayor. Muchas personas de mi generación no están preparadas sicológicamente para el proceso.
Apelan por ello a la cirugía plástica para recobrar esplendor y recordar sus años dorados. Es una decisión que respeto, y quien pueda hacerlo que lo haga, porque está comprobado que sube la autoestima. Sin embargo, el suscrito solo entra a un quirófano por razones de salud.
Las personas de mi generación pueden sentirse bien con los logros de los hijos, sus notas y grados académicos. Son aspectos que llenan de satisfacción en el marco de otra etapa de la vida. Si se disfrutan estas cosas asumimos la adaptación de manera conforme.
A veces la conformidad es difícil de alcanzar, pero si nos colocáramos en el lugar de aquellas personas que han sido objeto de diagnósticos de enfermedades catastróficas en estado avanzado, habría suficiente motivo para el razonamiento y la exclusión de la conducta pesimista.
He sabido que las personas diagnosticadas con el padecimiento de enfermedades incurables, reaccionan de la siguiente manera: ¿Por qué tenía que pasarme esto a mi? El daño sicológico en ocasiones es mayor a la propia enfermedad. Otros son dignos de admiración por la fortaleza que exhiben y desarrollan su vida con normalidad, diseñando, inclusive, planes y proyectos futuristas.
Es importante disfrutar la vida y asumir sus distintas etapas. Y estar sicológicamente preparado para las malas noticias, que por ahí vienen tarde o temprano. Al leer este artículo, algunos pensarían que soy negativo. Simplemente hablo de lo que nos pasa o nos puede pasar a todos los seres humanos.

