El complicado legado de Pete Rose
Enseguida se supo lo encantador que podía ser, lo persuasivo que era. Pete Rose me tendió la mano en cuanto llamé a la puerta de la habitación 1154 de Essex House, con una sonrisa radiante en el rostro, un suéter rojo y un corte de pelo muy corto que parecía sacado de una tarjeta de béisbol de 1965.
