Opinión

Éxtasis del verso

Éxtasis del verso

2
Consideraba en aquellos años que la poesía debía buscar lo enunciado por Roman Jakobson en su ponencia Lingüística y poética (Universidad de Indiana, 1958): “Cualquier tentativa de reducir la esfera de la función poética a la poesía o de confinar la poesía a la función poética, sería una tremenda simplificación engañosa”.

Y esto era una práctica común en los jóvenes que hacían poesía en los 60’s, confinándola a los cambios sociopolíticos del país, ideologizándola y sistematizándola hacia un fin estético que se negaba a sí mismo, no obstante estructurarse de tropos maravillosos e impregnados de un profundo romanticismo. La poesía embriagaba porque se agolpó irreverentemente en un contexto de espacio-tiempo muy denso. También sucedió así después de la coyuntura de abril de 1965, a la que siguió una prosa esplendente y trans-social, pero con residuos caprichosos de la anterior.
Sin embargo, aún no deseaba hacer poesía, pero estaba mordido por el morbo de escribirla por esa necesidad de síntesis —de exploración— posibilitada por la unidad molecular y emancipadora que es el verso. Y eso me sedujo a los cincuenta años, habiéndome ya picado (como expliqué) mientras escribía Currículum a los cuarenta y uno. Dentro de la síntesis que podía proporcionarme la esencia del verso, estaba la capacidad de fragmentación que Lukács encontró en Klopstock: «La esencia de la poesía estriba en que, con la ayuda del lenguaje, muestra cierto número de objetos que ya conocemos, o cuya existencia sospechamos» (Estética 2, 1963). La poesía me inundó cuando el tiempo físico me sobró; un tiempo que tenía dispuesto para finalizar lo que consideré una producción literaria ambiciosa: El Personero, la novela que interrumpí para producir la campaña de la JCE, en 1986. Y cuando tenía todo dispuesto para finalizar El Personero y retomar lo que detuve en la página cuatrocientos y pico, vino el derrumbe del muro berlinés, primero, y luego la desintegración de la Unión Soviética.

Antes, no obstante, había producido unos poemas que Mateo Morrison me pidió para el suplemento literario que dirigía en La Noticia, donde en uno de esos poemas (Trampa para un sol cambiante), expresé todo lo que se había agolpado súbitamente en mí y que no podía explicarme.

Para Lukács existe «una cierta dispersión, una co-presencia de instantes irrelatos» (Estética 2, 1963), cuando la negación se aferra —como esencia— al momento de los empujes de las fuerzas sociales, y comprendí que el escenario para la creación no se puede preparar.

Al menos, no para este tipo de creación en donde el ritmo representa la respuesta.

En su discurso de 1958 (De la subjetividad en el lenguaje), Émile Benveniste revela la trascendencia de “instituir el campo posicional del sujeto, la tríada yo-aquí-ahora”, apoyando que “es en y por el lenguaje como el hombre se constituye en sujeto”. Es decir, “es ego, quien dice ego”. Así descubrí que la poesía no parte de una referencia que se extrae a priori, sino de una necesidad vital desvinculada de los contextos inmediatos.

El Nacional

Es la voz de los que no tienen voz y representa los intereses de aquellos que aportan y trabajan por edificar una gran nación