Tras los estruendosos y prolongados aplausos de un público que vivió paso a paso la magnífica interpretación de la Sinfonía No. 4 en Fa Menor Opus 36 de Pyotr I. Tchaikosvky, en cuyos movimientos se recorrió desde la increíblemente coordinación del pizzicato (el toque de las cuerdas con las yemas de los dedos sin usar el arco), producto de la reivindicación de la danza del folklore eslavo ruso, hasta el sobrecogedor y acelerado final de fuerza marcial, agitado en un ritmo incesante marcado por el grave sonido de la percusión de y los tonos marcados por los metales de viento, el espectador queda de una sola pieza y preguntándose ¿por cuál desconocida razón un genio creador de una obra de esta trascendencia, renunció a todo tras haber compuesto los tres ballets fundamentales (Cascanueces, El Lago de los Cines y Romeo y Julieta) y sus seis sinfonías, podría terminar con su vida tomando a conciencia agua infectada con la bacteria del cólera que por entonces , en San Petesburgo el 3 de noviembre de 1893, apenas tres días luego de haber escrito la última página de su sinfonía No. 6, nada menos que la dramática y premonitoria Patética?
Tras la acertadísima dirección del Maestro Phillipe Entremont que extrajo de aquella masa sinfónica, en el marco del VII Festival Musical de Santo Domingo, en la cual el aire marcial de sus giros de tambor y metales, tras la fuerza de esta pieza extraordinaria plato de miel para quienes acudieron en busca de emociones estética de esas que demandan esperar dos años disfrutando de un discurso musical gandilocuente, avanzando a tanto a ritmo de marcha épica, el conocedor a fondo de la obra de este compositor nacido el 25 de Abril, en la ciudad rusa de Vótkinsk, cerca de los Montes Urales, se podría preguntar ¿por qué un hombre así se suicida? ¿Sería el rechazo de su homosexualidad, resguardada con categoría de secreto a voces? ¿Sería el rechazo social que le acompañó desde sus tiempos de estudiante universitario? ¿Sería que ese comportamiento sexual tan incriminado era una condición de familia compartido con su hermano Modest, registró sobre este creador un sentimiento tan y tan fuerte de aislamiento que prefirió dejar de comer y tomar a sabiendas el agua contaminada para matarse y dar una lección dignidad a una sociedad que mostró una intolerancia tal que la hacía inmerecedora de una genialidad como la mostrada para crear las sonatas más tiernas como las que hoy atesora, con respeto, finalmente póstumo, la humanidad? ¿Quién podría saber? Son tan complejos los caminos que hacen cruzar creatividad sin límites, rebeldía ante un marco social rígido y la valoración absoluta del arte cuando su estética está llamada a compartir sus quereres con la inmortalidad. Esta segunda jornada del VI Festival Musical de Santo Domingo, patrocinada por Orange, tuvo además la ventana indecible de disfrutar de un pianista virtuoso, venido desde la Alemania musical, donde nació en Hamburgo en 1971 y que inició su relación con el piano tocando, como podía a esa edad en 1975, con solo cuatro años. Con un curriculum extenso y cargado de lauros, Sebastian Knauer, mostró las razones por las cuales se le considera uno de los pianistas de más prestigio en el mundo, al sentarse ante su instrumento de cola y elevar los espíritus que rondaron ya apacibles ya deseosos de experiencias nuevas, con su actuación solista en el Concierto en La Menor para piano y orquesta, Opus 54 de Robert Schumann.
En sus tres movimientos, (Alegro affettuoso, Intermezzo: Andantino grazioso y Allegro vivace, este artista supo pasear con una destreza y una conectividad que excedió la expectativa. Se esperaba un gran concierto de piano respaldado por aquella orquesta y lo que se obtuvo fue finalmente, una experiencia artística marcadora del alma. Ternuras y fuerzas del ritmo unidas con un panorama de color sonoro para no ser olvidados.
Entre director y solista se sentía una conexión total, quien sabe si porque Entremont fue uno de sus profesores de piano cuando este iniciaba sus estudios becado por el Banco Gerenbarg, de Hamburgo (junto a Andras Schiff, Christoph Eschenbach y Alexis Weissenberg) o porque sus personalidades se hacían una ante el poder del concierto de Shumann.

