Retomar los festivales de merengue que marcaron las décadas de los años 80 y 90, así como institucionalizar festivales de bachata con una visión estratégica, representa una oportunidad clave para reposicionar la cultura musical como un activo turístico de alto valor para la República Dominicana.
Ambos géneros no son solo expresiones artísticas, son marcas país, lenguajes identitarios que han llevado el nombre dominicano a escenarios internacionales y que hoy pueden convertirse en motores sostenibles de desarrollo cultural y económico.
Durante los años 80 y 90, los festivales de merengue funcionaron como grandes vitrinas de proyección nacional e internacional.
Reunían a los principales exponentes del género, atraían visitantes extranjeros y consolidaban una narrativa de orgullo cultural en torno al ritmo que, durante décadas, fue el principal embajador musical del país.
Su desaparición dejó un vacío no solo en la agenda cultural, sino también en la estrategia turística, al perderse un evento capaz de articular música, ciudad, memoria y economía creativa en un solo escenario.
Festivales
La experiencia internacional demuestra que los festivales musicales y carnavalescos, cuando se conciben como política cultural sostenida, se convierten en potentes imanes turísticos.
Colombia, por ejemplo, genera cada año cientos de millones de dólares en impacto económico a partir de eventos como el Carnaval de Barranquilla, la Feria de Cali o el Festival de la Leyenda Vallenata, con incrementos significativos en ocupación hotelera, transporte, comercio y empleo temporal.
En las Islas Canarias, el Carnaval de Santa Cruz de Tenerife llega a aportar entre un 1 % y un 2 % del PIB local durante su celebración, posicionándose como uno de los eventos culturales más rentables de Europa.
Puerto Rico, con festivales como las Fiestas de la Calle San Sebastián, ha demostrado que la música y la tradición pueden activar economías urbanas completas durante varios días.
Estos referentes internacionales confirman que la cultura bien gestionada no es gasto, es inversión.
En el contexto dominicano, un festival de merengue o bachata con proyección internacional podría atraer decenas de miles de visitantes adicionales en temporada media o baja, incrementar la ocupación hotelera entre un 10 % y un 20 % en las ciudades sede, y generar ingresos directos e indirectos en sectores como hotelería, gastronomía, transporte, producción técnica, artesanía, moda y servicios creativos.
Estudios comparables en la región estiman que cada dólar invertido en festivales culturales retorna entre tres y cinco dólares a la economía local.
En el contexto actual del turismo experiencial, estos eventos cobran un nuevo sentido. El viajero contemporáneo ya no se conforma con consumir destinos, busca vivir historias, conectarse con tradiciones y participar de experiencias auténticas.
Un festival de merengue bien concebido, con conciertos, conversatorios, exposiciones, rutas históricas y espacios de formación musical, puede atraer a públicos diversos, a melómanos, investigadores, jóvenes curiosos y una diáspora dominicana deseosa de reconectar con sus raíces.
La bachata, por su parte, ofrece un potencial turístico aún mayor en términos de alcance global. Convertida en fenómeno internacional, con academias, congresos y festivales en Europa, Asia y América Latina, la bachata mueve anualmente millones de dólares fuera del país.
Sin embargo, gran parte de ese valor simbólico y económico no se capitaliza en su lugar de origen. Implementar festivales de bachata en suelo dominicano no solo sería un acto de justicia cultural, sino una estrategia inteligente para atraer turismo especializado, congresos de baile, investigadores y circuitos internacionales que hoy consumen bachata sin pisar la República Dominicana.
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Ambos festivales, concebidos de manera complementaria, permitirían narrar la evolución musical dominicana, del merengue como símbolo de identidad nacional y celebración colectiva, a la bachata como expresión urbana, íntima y globalizada.
Juntos construyen un relato coherente de país, capaz de dialogar con audiencias internacionales sin perder autenticidad. Además, impulsar estos eventos contribuiría a fortalecer la industria musical local, generar empleo, estimular la formación artística y preservar el patrimonio cultural inmaterial.
No obstante, el éxito de esta iniciativa depende de una gestión cultural responsable. No se trata de repetir fórmulas del pasado ni de crear eventos vacíos de contenido, sino de diseñar festivales con visión contemporánea, participación activa de los actores culturales, curaduría de calidad y una articulación real con el sector turístico.
La música debe ser el eje, pero acompañada de políticas públicas claras, incentivos fiscales, inversión privada y una narrativa que entienda estos géneros como activos estratégicos de la nación.

