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Flora del pico Duarte: Un jardín secreto en las alturas del Caribe

Flora del pico Duarte: Un jardín secreto en las alturas del Caribe

Plántulas de pino criollo creciendo en un tronco en el bosque alto del Pico Duarte.

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Ascender al pico Duarte no es sólo una hazaña física; es también un recorrido por uno de los paisajes botánicos más singulares del Caribe.

A medida que el sendero se eleva hasta los 3,050 metros de altitud, el entorno se transforma en un mosaico de pinos criollos, helechos, musgos, líquenes y flores diminutas que parecen diseñadas para resistir el frío, el viento y la neblina permanente.

El bosque de pino occidental (Pinus occidentalis), especie endémica de la isla, domina el horizonte. Sus troncos rectos y resinosos conforman un escenario austero donde la luz se filtra de forma oblicua, iluminando un sotobosque tapizado por musgos esponjosos y pequeñas plantas herbáceas. En este suelo húmedo y oscuro germinan brotes jóvenes que anuncian la constante renovación de la vida vegetal.

Fronde joven de helecho desplegándose en espiral, crece en el bosque nublado.

Entre los arbustos y helechos aparecen flores silvestres de colores intensos: amarillos encendidos, rosados suaves y blancos etéreos.

Algunas se presentan en forma de pompones compactos; otras, como pequeñas estrellas abiertas al Sol. Estas inflorescencias no buscan competir en tamaño, sino en resistencia: su estructura compacta les permite sobrevivir al clima frío y a la escasez de nutrientes.

Uno de los espectáculos más discretos del recorrido es el mundo microscópico del suelo: líquenes ramificados que crecen sobre troncos y rocas, formando encajes blanquecinos; musgos que cubren piedras como alfombras verdes; y hongos de tallos largos que emergen entre la hojarasca, marcando los ritmos invisibles de la descomposición y el reciclaje natural.

Este conjunto de organismos revela que el bosque no sólo se sostiene por lo que crece hacia arriba, sino por lo que trabaja silenciosamente abajo.

El helecho joven, enrollado en espiral, ofrece una de las imágenes más simbólicas del trayecto: una forma vegetal que recuerda un signo de interrogación o una espiral de tiempo, suspendida entre la raíz y la hoja futura. En estos brotes se manifiesta la continuidad del ecosistema, donde cada ciclo de crecimiento repite una coreografía milenaria.

No faltan tampoco las plantas aromáticas y herbáceas, de hojas rugosas y brillantes, que despiden fragancias suaves al ser rosadas. Algunas parecen domesticadas por el paso humano cerca de los refugios, donde conviven especies silvestres con plantas cultivadas de manera informal por los caminantes y guardaparques, creando un contraste entre lo espontáneo y lo intervenido.

La flora del pico Duarte no se impone por exuberancia tropical, como en los bosques bajos del país, sino por su sobriedad y adaptación. Aquí, la belleza se encuentra en la miniatura: en la gota de rocío sobre una hoja, en la textura de un liquen, en el rojo tenue de una flor escondida entre los pinos. Es un paisaje vegetal que exige una mirada atenta, casi meditativa.

Este conjunto de plantas, flores, musgos y hongos conforma un patrimonio natural que dialoga con la historia y la identidad dominicana. Así como el pico Duarte representa el punto más alto del Caribe insular, su flora simboliza la capacidad de la vida para florecer en condiciones límites.

Documentarla no es sólo un ejercicio estético, sino un acto de memoria ecológica: una forma de registrar lo que existe hoy para protegerlo mañana.

Eso fue lo que hizo, hace 100 años, el notable médico, anatomista, agrimensor y botánico Miguel Francisco Canela Lázaro, cuya colección de esa flora la presentó en París y guardó en su natal Salcedo.

En las alturas de la Cordillera Central, donde el aire se vuelve delgado y el silencio se espesa, la vegetación no grita su presencia, susurra. Y en ese susurro vegetal, el caminante descubre que el pico Duarte no es sólo una montaña: es un jardín secreto suspendido entre el cielo y la tierra.

Si alguna vez caminan hacia el pico Duarte o el Valle del Tetero, háganlo despacio, dejando que el paisaje les hable y que cada paso revele su belleza.


Los autores son publicista y médico.

Por: Víctor Vidal Pérez y José Díaz

El Nacional

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