El aparente enfriamiento de el caso Zelaya nada bueno augura para la democracia en América Latina, donde el recuerdo de tantos dictadores y tiranos sangrientos es una herida que no acaba de cicatrizar. Zelaya, un presidente constitucional, fue derrocado por una alianza entre la extrema derecha y los militares, gorilas de nuevo cuño. Pese a las mediaciones de la OEA y de figuras de relevancia como el Presidente de Costa Rica, Oscar Arias, pero además por el rechazo mismo de Estados Unidos y la ONU, el golpista Micheletti sigue con sus bravuconerías y con la represión.
Importantes voces que repudiaron el golpe lucen como una velita que se apaga, mientras los golpistas ganan tiempo. Micheletti insiste en que Zelaya no podrá regresar a Honduras, pues sería apresado y acusado de violar la Constitución, cuando son los golpistas quienes la han violado. Pero además, dice que en noviembre próximo habrá elecciones, como una forma de apaciguar a la opinión internacional.
Si ahora tenemos dudas sobre la efectividad de los mecanismos de la democracia, para garantizar el ejercicio de gobiernos constitucionales, esa duda convertirá a la democracia en una ficción. El mantenimiento de los golpistas hondureños, no puede dar paso a elecciones limpias, sino a una farsa o a una rebelión, como ocurrió en nuestro país en 1965, dos años después del golpe contra Juan Bosch.
Una situación de esa naturaleza daría lugar a un baño de sangre o a una intervención extranjera.
Sabemos que el caso de Honduras es una situación complicada, por varias razones: porque los golpistas tienen las armas, dispuestos a seguir reprimiendo; porque los ricos de Honduras no quieren a Zelaya: Estados Unidos puede darse el lujo de lucir tímido, porque no conviene a sus intereses el retorno de un hombre que en un momento dado se convirtió en amigo de gobiernos que Estados Unidos rechaza con sutileza. Y además, porque la opinión pública internacional sensata rechazaría una intervención militar en Honduras.
No hay la menor duda de que, si se mantiene la actual situación en Honduras, muchos gobiernos constitucionales tendrán temor de desarrollar programas en beneficio de sus respectivos pueblos, mucho menos tratar de ejercer su plena soberanía frente a las naciones poderosas. Ojalá estemos equivocados.

