¿Qué Pasa?

GENERALIDADES

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Qué irónica es la vida. El mismo día en que pasaba a mejor vida Susana Morillo, a sus bien vividos 94 años, la Asociación Dominicana de Cronistas Sociales elegía a mi hermana Jenny Polanco Lovera como su nueva presidenta.

Doña Rosario fue una de las cronistas sociales más destacadas de nuestro país, pero aparte de sus labores periodísticas que cumplió hasta los últimos días de su vida, fue una dama ejemplar a quien todo el mundo respetaba por su amabilidad y cultura. Su exitosa carrera la inició en el año 1963 en el matutino Listín Diario, donde usó inicialmente el seudónimo de Vesta, después de abandonar su promisoria trayectoria como pianist. Luego pasó a HOY, donde su columna Visto y oído registraba las principales actividades sociales y era leída ávidamente por las personas que asistían a los diversos eventos en los que se le veía siempre elegante y sonriente.

Yo tuve la dicha de compartir con ella en varias ocasiones e incluso una vez la tuve de visita en mi hogar junto con el cardenal Nicolás López Rodríguez y el canciller Caonabo Javier Castillo, por lo que puedo decir que la conocí de cerca.

Era una persona muy tratable, adorable, caracterizándose tanto a través de sus escritos como en su vida privada por su honradez y su honestidad, virtudes que en la vida agitada y desordenada de hoy son difíciles de encontrar en las personas.

Aprovecho esta ocasión para destacar lo bien que la trató su hijo, el eximio fotógrafo Héctor Báez, quien fue el encargado de darle la despedida a su última morada en un conmovedor discurso pronunciado en el Cementerio Nacional de la Máximo Gómez, en el que resaltó las cualidades de su progenitora, la moral con la que vivió toda su existencia y cómo se preocupó de que él fuera uno de los mejores profesionales de la lente. Por supuesto que la incluí en uno de los libros de Grandes dominicanos porque doña Susana fue una de las grandes personalidades que nos hacen sentir orgullosos de haber nacido en esta tierra bendecida por Dios. Otra ocasión en que compartimos un buen rato fue cuando me invitó a tomar un cafecito en su residencia, donde aparte de degustar esa tentadora bebida aromática de que tanto gustamos los dominicanos, se sentó al piano a tocar un nocturno de Chopin, el que todavía repercute en mi mente.

El Nacional

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