Calidad y competitividad
El discurso de la orden del día es la competitividad. Los mercados han cambiado mucho, las empresas tienen hoy estructuras de operación globales y la importancia de los aranceles, para defender intereses y promover la competencia desleal, se reduce considerablemente. Todo ello obliga a los actores del mercado a proferir, cada vez con mayor frecuencia, la famosa frase: debemos ser más competitivos.
Pero, ¿qué debemos entender por competitividad?
Para ser competitiva, su empresa puede optar por explotar una ventaja de corto plazo en base el criterio de costos. En este caso, lo que interesa es hacer caso omiso a los costos ambientales y relegar a un segundo plano la inversión en recursos humanos. Mayor rentabilidad contra una baja retribución a los factores de producción. Paralelamente, siguiendo este camino, debemos estar al acecho de alguna estrategia gubernamental para aprovechar beneficios marginales derivados de subsidios, facilidades o exenciones estatales.
Todavía muchas empresas dominicanas sueñan con mercados protegidos o auxiliados por el Gobierno. Son ellas las del protagonismo en los cabildeos políticos (rent siking), las que más invierten en campañas electorales, las que sacrifican al factor humano por beneficios tan altos como pasajeros. Ellas no tienen, en realidad, ventajas competitivas porque el valor agregado a sus productos es insustancial. Se preocupan por llevar el aguacate al puerto. No investigan cómo llega la fruta a la mesa del francés desde el puerto de Marseille. Ciertamente, en el último caso suele haber más valor agregado que en el primero.
Entonces, ¿cuál es la competitividad auténtica? La que parte de una lógica sencilla: aumento de la rentabilidad accionando el pivote de la productividad. No es posible incrementar por mucho tiempo los beneficios y pagar elevados salarios a los empleados si la alta gerencia no se enfoca en el tema crucial de la productividad.
Las altas productividades sostenidas están relacionadas con el conocimiento, la innovación, las nuevas tecnologías, la alta especialización de los recursos humanos. Es la competitividad que dice: el enfoque de las ganancias en el corto plazo, trae pérdidas sustanciales en el largo plazo, inclusive, hasta la ruina total. Obviamente, entran en juego también la capacidad de generar ahorros propios y de utilizar los ajenos aprovechando diferenciales de tasas significativos, facilidades de infraestructura física y social, solidez institucional, estabilidad macroeconómica, etc.
Todos estos factores, actuando de manera simultánea, definen la capacidad competitiva de una organización. Cuando podamos afirmar: nuestras empresas venden, no le compran, estaríamos ya en los umbrales de la competitividad auténtica.
Pero, ¿la calidad tiene algo que ver con esa competitividad auténtica? Si, de una manera aparentemente confusa, pero determinante. Eso es lo que vamos a demostrar en las próximas entregas.
