Como siempre he estado ahí, recuerdo perfectamente cuando se fue Tonito Abreu y otros. Cuando se fue Rafaelito y otros. Cuando se fueron los hermanos Fiallo y otros. Cuando se fueron Vicente, Nélsida, Buret, Max Puix y otros.
Recuerdo que algunos volvieron y que otros se mantuvieron en la periferia. E, incluso, recuerdo que algunos, sin abandonar al PLD, fastidiaron en más de una ocasión a Juan Bosch. Y, sobre todo, recuerdo que don Juan nos enseñó que dentro del partido se podía todo, pero que fuera del partido nada.Y que todo lo que éramos en ese entonces, en término personal, se lo debíamos al partido.
Dicho eso, es bien sabido que en cada proceso político-electoral surgen contradicciones a lo interno de cada organización política. Que eso es normal entre los partidos abiertos y mayoritarios. El ser humano es ambicioso y contradictorio por naturaleza. Por tal razón, les corresponde a los grandes líderes asumir responsabilidades inherentes a sus funciones cuando su organización resulta ser el partido gobernante, y más cuando las contradicciones no son antagónicas.
El PLD, ya convertido en una extraordinaria maquinaria electoral, siempre ha sabido negociar, crecer y llegar a acuerdos tácticos hacia adentro y hacia afuera. Leonel Fernández y Danilo Medina saben, más que nadie, la importancia de la unidad en medio de una contienda electoral. Uno tiene impedimento constitucional, el otro avanza por el carril del medio. Entre ellos jamás existirá una muralla imaginaria tan alta como para impedir alcanzar de nuevo el triunfo.Entonces ¿habrá división? Por supuesto que no.

