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Hamnet

Hamnet

Eduardo Álvarez

Es una oda a Hamlet. La aclamada novela de Maggie O’Farrell, adaptada con éxito al cine, hace justicia a la tragedia más famosa de Shakespeare. Harold Bloom, el renombrado crítico estadounidense que dedicó su vida al estudio de la obra del bardo de Avon, ofrece una lectura de Hamlet de gran influencia.

Es la que mejor revela la condición humana del individuo. Particular y profundamente interiorizada, cuyas contradicciones y autoanálisis constituyen una nueva forma de conciencia, plasmada en Hamnet en la pantalla con su máxima expresión artística.

Debemos celebrar esta ocasión que nos conduce también a la manifestación más sublime de la literatura. Bloom subraya la conciencia reflexiva de Hamlet -su tendencia a la introspección, el soliloquio, el clásico “Ser o no ser”-, fuente fundamental de su tragedia.

La película sugiere una traducción ontológica más objetiva: estar o no estar. Anne Hathaway no puede perdonar a su esposo por su ausencia cuando su hijo Hamnet murió con tan solo once años. Su agonía moral e intelectual antes de la decisión, confundido por el significado de la acción -una historia contada antes de diversas maneras-, lo atormenta. El dolor se diluye y destila aquí en escena, como solo Shakespeare podía hacerlo.

Para Bloom, Hamlet es un genio solitario en comparación con personajes más convencionales. Esta singularidad lo aísla y lo incapacita para actuar con la eficacia práctica que la venganza y el dolor exigen.

¿Se revela la culpa en Hamlet o en su padre, el rey de Dinamarca asesinado? Un dilema que la autora de Hamnet también aborda. Nos enfrentamos a la tragedia de la indecisión y la ambivalencia, características que retratan fielmente a Hamlet. Su vacilación respecto a la verdad del fantasma, su análisis moral, es un elemento crucial en la dinámica dramática.