Opinión

Harakiri político

Harakiri político

El 25 de noviembre de 1970, Yukio Mishima,  uno de los más prestigiosos intelectuales del Japón, incluso presentado en tres ocasiones para el Nobel de Literatura, asaltó junto a varios jóvenes el Campamento Ichigaya, en el centro de Tokío, para exigir la restitución de los poderes al emperador de su país.

La estrategia no dio resultado y se convirtió en la burla de muchos soldados. Mishima dirigía la Sociedad Escudo,  varios de cuyos  miembros participaron en la fallida operación.

Doce horas más tarde, después de un último intento fallido por levantar la moral de las tropas, entró a la oficina del comandante del campamento, reunió a los restantes cuatro miembros de la dirección central de la Sociedad Escudo, admitió su responsabilidad en la fracasada misión, tomó una daga, y, delante de todos, se hizo un Harakiri.

Como no murió en el primer intento, pidió a su asistente Masakatsu Morita que lo decapitara, para terminar con el ritual de los samuráis tokugawa, de donde provenía su familia. Minutos más tarde,  Morita imitaba el gesto.

Esta heroica acción constituyó una especie de testamento ideológico  de Mishima, quien se había rebelado contra una sociedad que consideraba  sumida en la decadencia moral, espiritual e ideológica.

El Harakiri como instrumento de muerte honorable tuvo su origen en el antiguo Japón,  practicado por los samuráis y guerreros nobles que consideraban un deshonor caer en manos de los enemigos.

Posteriormente, en América comenzó a emplearse el término para designar cualquier suicidio cometido en aras del honor personal; pero en los últimos años estudiosos de las ciencias sociales han empleado ese término para referirse a las acciones temerarias que asumen partidos o dirigentes políticos del continente.

En estos casos, el Harakiri pasó de ser sinónimo de muerte física, a sinónimo de muerte política, con la consabida renuncia a cargos gubernamentales  o a posiciones directivas en las organizaciones.

Es posible que los resultados de las pasadas elecciones abran las puertas al primer Harakiri político en República Dominicana. Es sólo cuestión de honor.

El Nacional

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