Opinión

¿Hasta cuándo el silencio?

¿Hasta cuándo el silencio?

Los escándalos surgidos por la pedofilia y pederastía de algunos sacerdotes, sacudieron los cimientos del Vaticano, por la cantidad de denuncias que, en distintos países, le han costado a la Iglesia Católica sumas tan altas hasta quebrar congregaciones enteras.

Desde la segunda mitad del siglo XX, las denuncias por abuso sexual infantil por parte de religiosos católicos romanos, aumentaron y cambiaron la imagen de la institución, en Irlanda, Estados Unidos y Alemania, donde las autoridades locales procesaron culpables a partir  de cientos de acusaciones de pederastia.

En América Latina, también hemos conocido casos emblemáticos: México, entre los años 2001 a 2010, hizo que el Vaticano abriera 100 procesos a sacerdotes mexicanos por causas de pederastia y abuso sexual. En Chile, para 2010, cinco sacerdotes habían sido condenados, otros cinco estaban sometidos a un proceso judicial en desarrollo y otros diez, habían sido acusados de cometer abusos sexuales a menores. En Argentina, es emblemático el caso del cura Julio César Grassi, condenado en junio de 2009 a 15 años de prisión por abusar sexualmente de un menor, sin que haya sido apresado al día de hoy. Brasil, con el mayor número de personas católicas del continente, se considera el «pais grande do mundo» en abusos cometidos por sacerdotes en contra de niños y niñas, de seminaristas, de monjas. En Nicaragua, por años la jerarquía católica encubrió escandalosamente abusos sexuales de sus sacerdotes, apoyados por las autoridades judiciales, policiales y del gobierno de turno, burlando la justicia y burlándose de sus víctimas, menores de edad vulnerables.

En nuestro país, además del caso de San Rafael de Yuna, publicado como uno de los escándalos más grandes de la iglesia católica, el episodio permanece en el absoluto secreto, desde que sucedió en 2004, apañado por las autoridades de ayer y de hoy, mientras en prácticamente todo el país, encontramos historias de violaciones y abusos sexuales por parte de sacerdotes, algunos con hijos/as fruto de esos crímenes, que se señalan y susurran en el mayor de los secretos.

Tenemos un doble discurso de parte de la jerarquía católica comprometida con el Papa actual a denunciar los casos de abuso sexual y sacar de la iglesia a quienes los cometen, pero manteniendo la cultura del secreto, trasladando y pagando, se dice, hasta millones para proteger a abusadores consagrados, sobre todo a algunos de alto rango.

Ojalá las personas sobrevivientes que susurran nombres entre la sorpresa y la indignación, se atrevan a romper el silencio para limpiar los pies de barro hasta que se caiga la corona de oro que permite tanta infamia.

El Nacional

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