Opinión

Hillary y Micheletti

Hillary y Micheletti

Cuando Hillary Clinton dispuso la apertura de negociaciones, alejó de Roberto Micheletti el calificativo que Estados Unidos nunca le colocó:  golpista. Al mismo tiempo, otorgó a Oscar Arias,  un servidor del poder estadounidense, el protagonismo en el manejo de la crisis de Honduras.

   Estos elementos han de ser tomados en cuenta al analizar las razones que tuvo  la funcionaria estadounidense para exigir a Micheletti que se comporte como debe ser en las  “negociaciones”.

Lo hizo, porque es el recurso que el poder estadounidense valida, dado que constituye la única vía para lograr su objetivo fundamental:  poner sello de legalidad y legitimidad a la instalación de un gobierno de derecha y entreguista en Honduras, que sirva como punta de lanza para la aplicación de la política imperialista en toda la región.

 Es inocultable que Hillary Clinton ha tratado de evitar que el presidente de Venezuela,  Hugo Chávez, se convierta en ente protagónico en la actual situación.

 Recientemente, habló de la necesidad del diálogo y se pronunció contra todo intento de movilizar a las masas, pidiendo a los gobiernos del área que contribuyan “de manera positiva”.

Es una posición de derecha, con evidente sello de clase y con marcado interés por preservar el esquema de dominación. No solamente quiere dejar fuera del conflicto a Chávez, también a los hombres y mujeres del pueblo hondureño.

La misma posición, pero en términos más concretos, ha expresado en Nicaragua Eduardo Montealegre, un legislador de oposición, quien dice que si Zelaya se pronuncia por la movilización en Honduras debe salir de Managua. Montealegre trata de acorralar al presidente Daniel Ortega. ¿A quién le extraña?

Si siendo aspirante a la candidatura presidencial por el Partido Demócrata, Hillary Clinton se pronunció contra la propuesta del hoy presidente Barack Obama de levantar una parte de las sanciones contra Cuba, no es extraño que, siendo funcionaria, oriente la acción de la una parte de la derecha y de la ultraderecha latinoamericana.

Al nombrarla, Obama mostró su ligazón  con el pasado. Al mantenerla en el puesto, deja claro que no renuncia a la reafirmación de la hegemonía del poder estadounidense en el esquema imperialista, y  aprueba el ensayo de un nuevo modelo de dominación en América Latina ante el agotamiento   del actual.

Esto indica que, además de viejos cuadros de la ultraderecha, en el golpe de Estado en Honduras hay estrategas estadounidenses activos ligados al Departamento de Estado y al Pentágono.

Si Obama está comprometido a aceptar todo esto, ¿no es por pura demagogia que pronuncia la palabra cambio?

El Nacional

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