Opinión

Hipocresía en las caravanas

Hipocresía en las caravanas

Cualquier aglomeración de personas representa un riesgo. Si a eso se agregan elementos como la motivación política, la movilidad, el alcohol, la bulla, la seguridad limitada y la presencia de vehículos, ese riesgo se hace considerable. Esa realidad no es desconocida para nuestros políticos, quienes  insisten en organizar caravanas sin poner demasiada consideración en la seguridad de sus propios seguidores y la tranquilidad de la ciudadanía. Prefieren asumir esos riesgos con el fin de lograr el golpe de efecto que ellos creen se obtiene del “caravaneo”, que nunca ha sido objetivamente medido. Por no comprender que “la fiesta de la democracia” no es literalmente una fiesta, nuestros políticos no renuncian a una práctica que ha costado tanta sangre.

Históricamente las caravanas, y en menor medida los bandereos, han sido el escenario común para los actos violentos en nuestras campañas electorales. Aunque a lo largo de los años los partidos han ido tomando previsiones para evitar incidentes, la violencia del pasado fin de semana es una muy necesaria aclaración de que la única forma de erradicar la violencia de campaña es eliminando las actividades de masas en espacios no controlados.

Pero esto no es nuevo, en cualquier país medianamente pensante desde hace buen tiempo las actividades como las caravanas serían estrictamente reguladas o incluso prohibidas. Acá, en cambio, sin base objetiva de estrategia política, las caravanas representan quizás la parte esencial de las campañas.

Más asqueante aún, los incidentes, con sus muertos y heridos, son tratados como parte de la campaña. Las marchas en masa de los partidos políticos no tienen mucha diferencia a la incitación que se les hacen a los gallos antes de una pelea en la gallera. Bordea lo criminal observar, luego como los líderes políticos de ambos partidos tratan de sacarle provecho político a esa violencia de campaña que ellos incitaron.

Las elecciones pasarán, el que gane será feliz y el que pierda también, esa es la historia de los políticos, nunca realmente se pierde todo. Pero los agresores, muertos y heridos de la campaña, esos pendejos y sus familias, no tendrán quien les recuerde cuando todo termine, sufriendo por una causa que ni siquiera era realmente suya. Los políticos a sus mansiones y ellos a prisión, a un hospital o el cementerio.

No hay nada que justifique que los políticos sigan exponiendo a esos riesgos a sus seguidores. Las caravanas pueden ser sustituídas por actividades en salones de conferencia, salas de ayuntamientos y clubes de los barrios donde los políticos digan lo que quieran decir a cada residente allí en un ambiente controlado, y sin arriesgar la vida de nadie.

Nunca he escuchado de nadie que haya cambiado su voto o que haya decidido levantarse a votar por haberse quedado atrapado en el tapón de una caravana. Más bien todo lo contrario.

El Nacional

Es la voz de los que no tienen voz y representa los intereses de aquellos que aportan y trabajan por edificar una gran nación