Si las autoridades están interesadas en que salgan a flote todos los detalles del atentado en que resultó herido el estelar expelotero David Ortiz, no es lo que dan a entender con las conclusiones de la investigación sobre el suceso.
Son tantos los elementos que no concuerdan, al margen de las especulaciones, que la impresión es que el muñeco, con la entrada en escena del desabollador de vehículos Sixto David Fernández, se ha armado para despistar a la opinión pública.
La Procuraduría y la Policía declararon que el popular exjugador no era el objetivo del atentado; que el blanco era el propietario de un abandonado taller de pintura y desabolladura en Villas Agrícolas, amigo de Ortiz. El motivo: que en 2011 Víctor Hugo Gómez, sindicado como autor intelectual y miembro del cártel de El Golfo, fue detenido por posesión de drogas y sospechó que el mecánico, que es su primo, lo había delatado. Desde entonces, según las versiones, comenzó a tramar la venganza.
A diferencia de David, Fernández es gordito, bajito y de tez clara. No anda con espalderos y según las propias autoridades tampoco está relacionado con negocios ilícitos. Compartía regularmente con el exjugador en el centro de diversión donde ocurrió el atentado.
Para la eliminación de ese hombre, que podía ser ejecutado en su taller o en cualquier otro sitio sin llamar la atención, no solo se ofrecieron 400 mil pesos, sino que se creó una estructura integrada hasta ahora por unas 14 personas. Se tomaron hasta fotografías de Fernández para que la acción no fallara. Pero llegado el día los sicarios, a pesar del tiempo que llevaban planificando el suceso, a quien dispararon fue al conocidísimo David Ortiz.
En un país donde un hombre llega en un motor y sin mediar palabras hiere a balazos a tres personas que jugaban dominó con la mayor tranquilidad, como ocurrió en Santiago, la estructura criminal descrita por las autoridades para atentar, según ellas, contra un don nadie, tiene que generar conjeturas.
Los autores intelectuales tenían que saber el efecto mediático que crearía atentar contra cualquier persona en un lugar donde se encontrara una luminaria como David Ortiz. Pero de acuerdo con la Procuraduría y la Policía tal vez era eso lo que querían, pero con el agravante de que los papeles se cruzaron. Si lo que dicen es la verdad, tendrán entonces que buscar una manera más creíble de contar la historia porque no es lo que aparenta.
Al no concebirse la necesidad de disponer de tantos recursos y de una estructura tan amplia, el caso David parece una historia elaborada para sacar el cuerpo a la verdad, una práctica por demás muy propia de los grandes escándalos que han sacudido el país.

