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En 1943, Fernández Granell organizó su primera exposición individual en el país con cuarenta y cuatro obras, ofreciendo a un auditorio no plenamente compenetrado con aquel lenguaje visual, el asombroso aprendizaje de un músico, escritor y dibujante que sólo dos años atrás había iniciado el recorrido hacia un arte que busca el sentido de la vida a través de lo supra-racional. Un año antes, Fernández Granell había participado en la muestra colectiva “Private Exhibit of Modern Spanish Painters”, organizada por Simón Thomas Stocker.
Y dos años después, sorprendió a todos, montando una exposición con doscientos cuadros, en donde sus óleos, gouaches, acuarelas y dibujos crearon una impronta de la que el país, aún, sigue sus huellas. Poco tiempo después, Fernández Granell y su familia abandonaron el país por negarse a firmar un pergamino de adhesión al dictador Trujillo. Aunque su idea era viajar hacia México, terminó en Guatemala, desde donde tuvo que salir por causas políticas.
La admiración de Bretón por Fernández Granell fue tal, que después de su partida de Ciudad Trujillo, continuó su amistad con el artista coruñés y en un manuscrito de 1960 lo incluyó entre los pintores surrealistas, junto a Roberto Matta, Wilfredo Lam, Arshile Gorky y Alberto Giacometti, “integrándolo junto a Salvador Dalí, Joan Miró, Óscar Domínguez y Remedios Varo como uno de los pocos artistas españoles que formaron parte de dicho grupo” (Artículo de Noelia Díaz en laopinióncoruña.es, del 18 de abril del 2010). Apadrinado por Bretón, Fernández Granell expuso en París en aquella histórica muestra colectiva de los artistas pertenecientes al grupo Le Surréalisme, en 1947, que organizó la Galerie Maeght, así como en una individual montada en la galería del surrealismo, À L’Étoile Scellée, en 1954.
Aunque su estadía entre nosotros sólo duró seis años, fue extraordinariamente fecunda, dejando una huella imborrable, porque se integró plenamente a enseñar y a dar lo mejor de sí, como buen trotskista, como un camarada de tiempo completo. Y su sustancia humanista no sólo la prodigó entre amigos, discípulos y compañeros, sino hacia aquellos a los que su figura y bondad tocaba.
Desde el lenguaje surrealista, Fernández-Granell marcó un hito, una fulgurante impronta que apuntaló la estética visual nacional junto a Josep Gausachs y Manolo Pascual.
Por eso, su permanencia en el país dimensionó aquella sentencia de Max Aub —recordada por su hija Elena— de que “la razón y justicia estaban de nuestra parte” (de los republicanos) “pero no la fuerza” (Artículo del ABC.es del 8 de abril del 2003), algo que como una poderosa agudeza se revierte cuando la historia toca las cuerdas sensibles de los goces y se trasciende la herencia de la imaginación y sus inextinguibles huellas.
Natalia Fernández Segarra, hija de Eugenio, recordó unas palabras de su padre que lo describen de cuerpo entero: “La única condición para ser ‘surrealista’ es la integridad moral del individuo, que no se vende, que no traiciona”. (Diario El País de Galicia, 19 de abril del 2012).

