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Impuesto al absurdo

Impuesto al absurdo

Orlando Gomez

(V)

En las últimas semanas en este espacio estuvimos evaluando 4 impuestos distintos que actualmente pagamos los dominicanos y su impacto sobre el país. De forma agregada el selectivo a los seguros, la retención al pago de intereses en el exterior, el impuesto sobre los activos de empresas y los impuestos al consumo en las telecomunicaciones suman menos de un 5% de las recaudaciones del Estado, pero operan como una retranca significativa a nuestro desarrollo.

Por supuesto, esos 4 no son los únicos impuestos absurdos que afectan a los dominicanos, también podemos citar la retención por pagos al exterior, por ganancia de capital, por pagos de intereses a personas jurídicas, por constitución de compañías o el que inspirara originalmente esta serie de artículos, el impuesto sobre cheques y transferencias (ver “Impuesto Necio” de Alejandro Fernández W., Diario Libre, 14 de noviembre). El objetivo es ilustrar el patrón tributario que ha seguido el Estado dominicano en los últimos 20 años en su necesidad de recaudar más.

En el altar de la eficiencia recaudatoria hemos sacrificado la sensatez fiscal. Es obvio que el Estado podrá recaudar más a menor costo estableciendo impuestos y retenciones sobre los pagos, consumos y las acciones en el sector formal; pero esto viene a un costo no solo en distorsiones económicas, sino en la misma formalización de nuestra economía y la capacidad del Estado de expandir su base contributiva.

Es notorio el afán de recaudar cada día más a costa de la clase media

En el pacto fiscal, cuyo diálogo posiblemente iniciará luego de agosto del 2020, el Estado tendrá que necesariamente sacrificar la eficiencia recaudatoria para dar paso a la expansión de la base contributiva, reorientando los impuestos selectivos hacia las externalidades de ciertas actividades económicas, como ordinariamente estos son empleados.
Lo anterior no es solo por un capricho de un contribuyente más como quien le escribe, sino porque al mismo Estado le debe resultar insostenible el destruir con los pies lo que está tratando de crear con las manos.

De forma activa el Estado invierte en formalizar la economía, digitalizar sus servicios, reducir las transacciones en dinero en efectivo, atraer divisas y en generar empleos bien remunerados, pero todo esa inversión queda deshecha por todos estos impuestos a cambio de una recaudación depreciable.

Esta serie se llamó impuestos al absurdo no per se porque estos impuestos en sí mismos sean absurdos (y podría argumentarse que, en efecto, lo son), sino porque estos abiertamente contradicen las mismas políticas que está persiguiendo el Estado por otras vías.

Si el objetivo es avanzar lo primero que tiene que ser atendido son este tipo de contradicciones.

El Nacional

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