El caso peruano ratifica que la política es un rompecabezas. No sólo por las múltiples variables que se conjugan, sino por los difíciles que son de despejar. Sin tomar como referente a República Dominicana, donde el poder es ley, batuta y Constitución, no acabo de encontrar explicación a la abstención de la legendaria Alianza Popular Revolucionaria Americana (APRA), que se supone la formación política mejor posicionada, del proceso electoral.
Bajo la gestión del principal líder del Apra, el presidente Alan García, Perú ha registrado un crecimiento económico que es ponderado por entidades y analistas internacionales. Con la estabilidad y los logros podía pensarse que el partido fundado por Víctor Raúl Haya de la Torre, o el candidato que apoyara, era un clavo pasado en el proceso. Pero parece que en Perú, a diferencia de República Dominicana y prácticamente del resto de las naciones democráticas, los partidos no son los determinantes, sino los candidatos. Con todo y los logros de García, los apristas no fueron decisivos en los resultados que en la primera vuelta obtuvieron el izquierdista Ollanta Humala y la derechista Keiko Fujimori. Si el presidente García instó a votar por algunos de los candidatos, que no es lo que parece, sin duda que no tuvo éxito. Humala, quien se perfila como favorito para ganar la Presidencia, quedó en primer lugar con un pírrico 31.5 por ciento. El 23 por ciento de la hija del exdictador Alberto Fujimori, condenado a 25 años por crímenes y corrupción, tampoco constituye un porcentaje significativo. Lo más insólito es que los principales candidatos, desde Humala hasta a Fujimori, sustentaban su oferta en la política económica del líder del Apra. En el monto de la inversión social era lo único en lo que prácticamente se diferenciaban. Cierto es que hay muchas figuras que se han impuesto a los partidos, pero no luce que ese ha sido el caso de Perú.

