Durante la Guerra Fría sólo la derecha estaba libre del estigma que implicaba, en un país como éste, hablar siquiera con un extranjero blanco. De inmediato se le acusaba de agente de la CIA. Y si era funcionario de la Embajada o de alguna de las muchas entidades estadounidenses, que hoy tanto se valoran por sus encomiables servicios, peor. Tuvo que pasar la Guerra Fría para que un importante segmento político abriera los ojos y reconociera el oscurantismo en que, por circunstancias de la vida, había estado encerrado. Esa conducta no surgió por generación espontánea, sino como parte de una cultura en que cabe citar el papel de gendarme ideológico y las intervenciones militares para imponer gobernantes serviles, opuestos al sistema democrático. Con los cambios políticos luego de la caída del muro de Berlín la clase política que emergió al poder en estos países se disputaba el afecto del Tío. Exhibía con orgullo como muestra de aceptación la participción en algún evento en Washington o una simple invitación a una recepción. Pero más todavía si se trataba de un encuentro con algún funcionario. Los informes secretos develados por WikiLeaks evidencian que la clase política de todas partes nunca ha entendido el papel de la diplomacia, que históricamente ha sido la misma, y de que Estados Unidos no tiene amigos ni enemigos, sino intereses. El pueblo dice que cuando un blanco y un negro andan juntos, o le debe el blanco al negro, o es del negro la comida. Es lo mismo. Políticos y funcionarios citados en conversaciones que entendían confidenciales con funcionarios de la embajada estadounidense debían saberlo. Pero como es obvio que consideraban las reuniones y conversaciones como una distinción entonces han tenido que aprender la lección. Con todo y que en los informes haya muchas valoraciones subjetivas. Esa es y ha sido la diplomacia.

