En esta segunda entrega destacaremos el drama cultural y el pesimismo, continuando la primera parte que puntualizamos la orfandad y el criollismo barroco.
El drama cultural se enfatiza en la dimensión vital, la composición racial y la conciencia nacional. La dimensión vital significa angustias e inseguridad social y personal derivados de la violencia del escepticismo y la desacralización, ya que los valores éticos e ideales de bien común han sido sacrificados por los intereses particulares del individualismo occidental. De acuerdo a Frank Moya Pons, luego de la esclavitud que hubo en Santo Domingo los esclavos negros no quedaron aislados; los intercambios raciales han dado lugar a la única comunidad mulata del planeta que conforma hoy la sociedad dominicana.
Moya Pons, define como una de las grandes paradojas de la formación nacional dominicana, el que mientras la población hispana se ennegrece, la población dominicana se emblanquece. Según Pérez Cabral el mulato evade su historia y pretende negar su realidad étnica, y pugna por arianizarse y por desafricanisarse. En nuestra comunidad mulata e hispanizada la cultura no se conoce por ella misma, sino por las imágenes que tradicionalmente se presentan, haciendo eso que se obstaculicen los ineludibles cambios en la conciencia nacional.
El pesimismo dominicano es asunto de larga historia y de gran interés sociológico. Hay un pesimismo popular espontáneo y un pesimismo culto (…) no hay dominicano que no tenga que luchar con él. Henríquez Grateraux.
Del pesimismo, señala Ferrán surge la idea de que nuestro país no tiene futuro colectivo, que su composición racial y social vive en un continuo proceso de desintegración cultural, y que por ello mismo solo puede ser gobernado por la fuerza violenta a través de un hombre providencial, origen del caudillismo. El pesimismo es una consecuencia de tres siglos de miseria y frustraciones. Se tiene la idea de que el dominicano posee todas las cualidades negativas y que no queda más alternativa que resignarse ante ello.
De acuerdo a los escritores José Ramón López en La Alimentación y las Razas y Américo Lugo, la influencia del positivismo en las escuelas de Santo Domingo durante aproximadamente 50 años, dio al término con el pesimismo sobre el ser dominicano, lo que quedó fijo en la mentalidad popular dominicana. Esto lo explica Guido Despradel Batista en su famoso folleto Las Raíces de Nuestro Espíritu.
Contraponiéndose a ésta figura del pesimismo, Marrero Aristy caracteriza antropológicamente al dominicano con definiciones más positivas y objetivas, calificándolo de ser franco, simpático, hospitalario, ingenioso, perspicaz, observador, humorista, de espíritu inquieto y carente de mala intención.
Sin embargo, para Moya Pons el dominicano era atrasado, inculto y subdesarrollado porque descendía de tres etnias de las cuales no se podía esperar demasiado: el indio primitivo, el español haragán y el negro lujurioso.
El autor Fernando Ferrán concluye en que estas cuatro figuras fenomenológicas expresan la perspectiva subjetiva de lo dominicano en su esencia y desde la conciencia dominicana, a excepción del pesimismo, que hace que lo dominicano no se limite a su singularidad nacional, sino que comulgue con lo internacional y se identifique con ello, prefiriéndolo.

