La realidad suele ser irónica con los gobernantes, aunque éstos ni siquiera se inmuten. Las evidencias hilvanan un largo rosario, pero, como ahora, siempre surge un elemento nuevo para refrescar la memoria. Resulta que el mismo día que el Presidente anunciaba que la educación era el eje de su Gobierno, decenas de estudiantes se declabaran en huelga de hambre en protesta por las sanciones de que habían sido víctimas por un supuesto fraude en las Pruebas Nacionales. Al detallar los logros con datos estadísticos se despejaba cualquier duda de que el Presidente estaba satisfecho de los resultados alcanzados por la política educativo de su administración. Pero lo que evidenció fue que, al menos, estaba mal informado, como la realidad se ocupó de demostrar. Los equipos e instalaciones en las escuelas, que son necesarios, no han podido evitar, desde el punto de vista de las propias autoridades, que estudiantes tengan que valerse del fraude para pasar materias. Por las sanciones que se dispusieron, por demás abusivas, el fraude, que en el pasado se limitaba a simples chivos, fue de una magnitud bochornosa. De la versión oficial se puede deducir la gran debilidad del sistema de enseñana: que lo importante a fin de cuentas es pasar, no saber, algo propio de un sistema cultural en que la apariencia predomina sobre el ser, la autenticidad. El cuadro no es para vanagloriarse sino para inquietarse por la suerte de un sistema que, paradójicamente, el Presidente ha invocado como eje de su Gobierno. ¡Qué ironía! Si la Secretaría de Educación reconoce que en las Pruebas Nacionales se incurrió en un fraude, simplemente está admitiendo las deficiencias del sistema de enseñanza. No puede de ser de otra manera, pues de no ser así no habría necesidad alguna de apelar a subterfugios en las evaluaciones. Antes que culpables, en este caso los estudiantes han sido víctimas.

