Juan Bosch (1909-2001) es el reflejo del dominicano primero -le definía su coraje y entereza moral, así como su legendaria verticalidad-, su obra contiene la prístina esencia del criollo más noble y común, en lo que tiene su identidad como misión del ser que procura su trascendencia y denominación de origen. Su épica creativa es margen y fondo del contorno. Corazón y estocada de una realidad que a todos convoca, pero en la que hoy, lastimosamente, pocos se reconocen.
Franklin Mieses Burgos (1907-1976) es la humana presencia de las cosas. La llamarada simbólica de una hechura poética, cuya imaginería emblemática cincela la mítica exploración artística y lingüistica de un tono angélico.
El confín almibarado por un joven William Blake (1757-1827) y habitado por un travieso Federico García Lorca (1898-1936), a través de obras que trasuntan, auspiciosamente, la combinación de un adjetivo en rebeldía con el contrapeso indefinido y multívoco de una metáfora reveladora.
Su casa era el aforo acostumbrado de Sorprendidos y disolutos. Estetas y diletantes encontraban desfenetrado o maravillado, su siempre altivo y actualizado abrevadero impasible.
Era un gentleman de alegórica trayectoria y confinado carácter. Pausado y centrado. Sereno, audaz y melancólico. Elegante y nostálgico. Modélico inventor de espíritu anfitrión y disimulada bohemia.
Reo impostergable de su propio numen, se sabía parte de un compuesto irrepetible imbuido por la fantasmática creativa y surreal de un imbatible acontecimiento en las letras nacionales: el movimiento de La Poesía Sorprendida (1943).
Su clima interior era el de un conspirador impenitente. De día, parecía morar suspendido en el aire. De noche, parecía soñar a tinta armada en la punta de la lengua.
Pedro Henríquez Ureña (1884-1946) era el lustre acompasado en la conciencia de un criollo con imagen de común. Pero con el alma y el cerebro apoltronados en la universalidad que sirve la lucidez, cuando se vuelve acopio verdadero de la modestia y la solidaridad intelectual.
Era disciplina y optimismo. Entrega, humildad y devoción literaria. Su proceridad lo cimenta el difundido afanar de su irrigado conocimiento; traspuesto como aporte por una pléyade de ilustres pensadores y creadores diseminados por todo el mundo, a quienes sirvió como real y desinteresado mentor.
Aún hay quienes recelan de la trascendencia hispánica de sus escolios, así como de lo abarcante de su honesto filón crítico.

