Conmemoramos ayer un nuevo aniversario del nacimiento del amor y la esperanza en cada corazón de los que habitamos el planeta cuando el Dios padre “Abba” encarnó la divinidad entre nosotros con su hijo Jesús de Nazaret. Este excelso protagonista que dividió la historia en un antes y un después cuyo propósito el mismo revelo con inmortales palabras; “El Espíritu de Dios está sobre mí, porque me ha ungido para dar las buenas nuevas a los pobres, sanar a los quebrantados de corazón, libertad a los cautivos, vista a los ciegos y oprimidos y proclamar el año agradable del Señor”.
También conocido como Cristo o Jesucristo, cuyos pasos terrenales se remontan según historiadores entre los años 4 antes de Cristo al 30-33 después de Cristo en la ciudad palestina de Belén a unos 9 km al sur de Jerusalén en los montes de Judea cuando se encontraban bajo la ocupación del Imperio Romano.
Jesús mostró el camino del amor
Su misión y vida pública abonando con la luz de su espíritu y verdad por las regiones de Galilea y Judea donde predico las buenas nuevas, realizando grandes prodigios y curaciones que lo convertirían para beneficio de la humanidad en el centro de una nueva corriente de fe llamada cristianismo y el nuevo testamento de las Santas Escrituras.
La vida pública de Jesús debió de ser más intensa de lo que nos imaginamos ya que en apenas 3 años logro plantar la semilla inmortal de la fe en la conciencia humana sobre la existencia de Dios y ese mundo espiritual encarnados y representados en el mismo como Dios-Hombre cuya naturaleza humana y divina manifestadas a través de su misericordia, sabias enseñanzas, milagros y prodigios.
Estamos convencidos de que nosotros somos una consecuencia del amor del Dios Padre, Abba -papá- y Ahab –amor, que aunque no podemos ver con nuestro ojos, si podemos sentir como llama que no quema pero que enciende cada átomo y célula de vida de la creación, cuyas leyes irrefutables y eternas son reconocibles en la madre naturaleza.
Jesús de Nazaret con su corazón bondadoso y misericordioso, ese que se conmueve, no vino a juzgarnos ni condenarnos, ni a castigarnos y a llevarnos cuentas, vino a mostrarnos el camino, la luz y la verdad, cuyo lenguaje y combustible es el amor, ese que nos lleva al perdón, a la paz, a la solidaridad, a la humildad, en fin a la verdadera felicidad.
Que esta navidad encienda la luz en nuestros corazones y llene nuestras vidas con el espíritu de Jesús de Nazaret, para que tengamos vida y vida en abundancia.

