Desde la madrugada de este miércoles 8 de abril se está cayendo el cielo en Santo Domingo.
Las nubes truenan con rabia, relampaguea el espectro y una copiosa lluvia no ha parado de estrellarse contra el suelo.
Este aguacero de abril, aunque se lo proponga, no barrerá la nostalgia que aún respira una nación. Hace un año sucumbieron 236 almas bajo los escombros de la tristeza que todavía aplasta a todo un pueblo.
Aquella vez, la vida no fue de color de rosa; mucho menos se percibía hermosa. No había espacio adonde estar, no había lugar habitable y el pensamiento no era el mejor refugio.
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Toda la atención estuvo sobre los aplastados y desde entonces las lágrimas no han dejado de rodar. No hay pomada para tal herida. La tristeza colectiva sigue siendo un solo llanto.
Amigo, tío, hermano, madre, hijo. Todos fuimos familia ese 8 de abril. Cada víctima identificada era una estaca en el pecho. Durante todo el día ¡Quién pudiera ver aquel pueblo caminando con los ojos acuosos, en la solemnidad de la tragedia!
Para el pueblo dominicano, fue, sin duda alguna, el día más triste de este siglo. La madrugada de abril en que se apagó la primavera.
Un año no ha bastado para olvidar. Mil años no bastarán. En el costado izquierdo, debajo de las costillas del pueblo que deambula recordando la tragedia, habita una pena, una nostalgia que se derrama como el cielo la madrugada de este 8 de abril del 2026.

