Opinión

Julia David, en tránsito

Julia David, en tránsito

Mi madre, que agotó su estadía terrenal hace apenas 13 días, se lamentaba de que el destino no la dotara de identidad propia. En su infancia, decía ella, la conocieron como la hija de Rafael David, quien ganó notoriedad pública como secretario político del PRSC y funcionario de las primeras tres administraciones del doctor Joaquín Balaguer.

 Ya mujer, pasó a ser la esposa de Jottin Cury, nombre que empezó a recorrer el país cuando se desempeñaba como director de prensa del gobierno de don Fello Bonelly, siendo recordado un cruce de impresiones políticas que entonces tuvo con Manolo Tavares Justo. Y al estallar la revuelta de abril de 1965, el Canciller de Hierro acaparó la atención nacional para no soltarla sino con su muerte. Divorciada de mi papá, enderezó esfuerzos para emancipar su nombre y ser finalmente Julia David. No obstante, con un dejo de orgullo se quejaba de que Jottincito y yo terminamos de arrebatarle su identidad. De “hija de”, fue la “esposa de”, para más tarde convertirse en la “madre de”. Y por supuesto, admitía que la preposición de pertenencia asociada a la concepción fue el que mayor alegría le proporcionó.

 He recordado esta mañana los versos de Antonio Machado: “Todo pasa y todo queda, pero lo nuestro es pasar, pasar haciendo caminos, caminos sobre la mar. Al andar se hace camino, y al volver la vista atrás se ve la senda que nunca se ha de volver a pisar. Caminante no hay camino, sino estelas en la mar”. ¡Cuánta razón tenía el poeta! Y es que la muerte no es más que una etapa de la implacable mutación de la vida, del tránsito continuo e interminable entre la bienvenida y la despedida, entre el nacimiento y la resurrección.

El Nacional

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