En el PRD conozco al cojo sentado y al ciego durmiendo.
Más de dos décadas de militancia me han permitido sobrevivir en medio de un terreno poco fértil para las mentalidades independientes y con sentido crítico respecto de lo que debe ser una organización política con auténtico sentido de modernidad.
La convención pautada para el próximo 14 de junio genera intranquilidad a compañeros que temen a los procesos democráticos, y como se desarrollaron, en medio de pactos, acuerdos de aposentos e imposiciones no terminan de asimilar que esas acciones constituyen actos del pasado que debemos superar.
Una organización partidaria que pretende negarles a sus bases el derecho a elegir no puede garantizar la democratización de la sociedad y reconocidos exponentes del perredeísmo histórico no cesan en su perversa intención de practicar toda clase de componendas para retener cuotas de poder. Y eso no puede ser posible.
Si los procedimientos de medición profesional merecen consideración todos saben hacia donde fluyen los vientos de simpatías.
Por eso, gente deseosa de proseguir el camino de los entendimientos anda postergando los trabajos convencionales y utilizan el argumento del padrón como instrumentos desestabilizadores para un buen desenvolvimiento del proceso interno.
Una de las múltiples lecturas que debemos realizar con inteligencia consiste en revisar las posturas que nos condujeron a la oposición.
Lo que indica el juicio sereno es que la lógica del chantaje era posible antes, pero en la actualidad no se pueden imponer reglas internas que no se correspondan con el pliego de aspiraciones demandadas por la sociedad.
El PRD no puede actuar negando la dinámica de los cambios experimentados fuera del terreno puramente partidario.
Como las mediciones responsables establecen una amplia ventaja a favor de nuestra candidatura a la secretaría general, dos o tres francotiradores andan sudorosos con la intención de ambientarme una conspiración.
Disfruto de su naturaleza artera porque eso es lo que debemos cambiar. Y como no existe crimen perfecto: el destinatario del primer contacto es un oficialista atípico que construyó relaciones afectivas con los míos en los años donde la disidencia era sinónimo de hermandad y aquellos afectos terminaron en bautizos matrimoniales.
Ahora que la gasolina de simpatías se está terminando en litorales de la competencia andan convenciendo de la peligrosidad de un ejecutivo partidario con mis características: incontrolable para los de adentro y demasiado duro con los peledeístas.
Lo que mucha gente no quiere entender es que cuando a una idea le llega su tiempo nadie puede detenerla. Podrán buscar recursos y hasta generar entusiasmo en el litoral oficial y los perredeístas sensatos que apuestan a un cambio saben perfectamente lo que conviene en la actual coyuntura.
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