Los griegos solían evocar a los países hiperbóreos, entre los que estaría éste nebuloso territorio.
Thule es una comarca lírica y de leyenda fabulosa.
Septentrional, en el límite extremo del mundo conocido, parece que nunca existió.
O a lo mejor pudo ocurrirle lo que dice una leyenda:
Habría sido descubierta esta isla mítica por el griego Piteas en la región de Islandia o de las islas Setland.
La posibilidad de que existiera no puede descartarse definitivamente puesto que Troya era, antes de que un investigador germano la descubriera, otra fábula cándida.
Lo mismo sucedía con el laberinto cretense ordenado su levantamiento por el rey Minos para encerrar el Minotauro: sí existió.
No una fama menor fama tuvo El Dorado, poseedora de la imposible fuente de la eterna juventud que llevó a los conquistadores por el Amazona de vastas distancias infranqueables.
Los conquistadores del Amazonas lo buscaron con afán insólito e inútil.
Ninguna posibilidad hay de que su excéntrico habitante, de gustos exquisitos, pues había que sacrificarle una virgen cada año, tuviera vida alguna vez.
Teseo lo ultimó con el hilo de Ariadna, su prometida.
Los días no tienen fin en Thule en el solsticio de verano y tampoco las noches en el solsticio de invierno.
El fenómeno sí tiene lugar en ese lugar extremo.
Séneca previno sobre la existencia de nuevas tierras a ser descubiertas más allá de tales límites exóticos.
Thule simboliza el límite provisional del mundo.
Pero también simbolizaría la conciencia y el deseo del límite último no solamente en el espacio sino asimismo en la duración y en el amor.
De lo que se trata es del deseo y la conciencia de lo extremo en lo que por naturaleza deviene limitado.
Goethe se ocupó de estas excentricidades en las que envolvió en su Fausto al mismo Mefistófeles.
Sin embargo, Thule no pertenece para nada, aún cuando se lo insinúe, al mundo germánico.
Como se previó al inicio de esta entrega, Thule designa la más septentrional de las islas Setland, que en la actualidad son llamadas Unst.
Plinio habló de ella, de su toponimia, de sus límites finales, más allá del cual hay otro mundo en el que los humanos no tienen normal acceso.
La describió como Ultima onium quae memorantur Thule.
Su situación geográfica hace pensar en ella como de una forma goidélica.
Y asimismo simboliza el límite extremo, donde acaba el mundo conocido y comienza otro.
En este límite se encuentra el conocimiento supremo o la revelación primordial que simbolizan el cofrecito de joyas y la copa que la denotan.
Más, este conocimiento sagrado, a diferencia de los reinos que pueden transmitirse por herencia, no se comunica con una decisión autoritaria.
No puede ser sino objeto de experiencia personal, de intuición.

