No cabe duda que el padre Alberto es un sacerdote que se las trae, no tanto por su pinta de actor de telenovela, como por su reciente actitud pecaminosa que echó a rodar por el suelo el celibato sacerdotal con el que estaba comprometido.
Su confesión de que tiene una amiga desde hace diez años, después que se destapó el escándalo al publicarse una serie de fotos que lo mostraban besándose con una mujer en una playa, parece arrepentimiento, pero no es de eso de lo que se trata, sino de su burla a su compromiso sacerdotal que le impuso el celibato.
Hace diez años, el padre Alberto Cutié no tenía la trascendencia que llegó a conseguir internacionalmente, gracias a efectivos medios de comunicación a través de los cuales impuso una personalidad, sin duda con condiciones de convencer a los demás de las ideas que planteaba.
Ha dicho que no se arrepiente de su actitud, porque lo hizo por amor, sin duda maravillosa. Es sabido que el amor, en muchas ocasiones, cambió el destino de muchos acontecimientos históricos políticos y sociales.
Con esa atractiva retórica, el padre Alberto pretende desviarse del punto principal, que es su obligación, ahora violada, de ajustarse a lo decidido en el Concilio de Trento (1545 – 1563), cuando se estableció el celibato sacerdotal obligatorio como se le conoce hoy, en respuesta a la Reforma protestante que permitía, e incluso promovía, el matrimonio de los sacerdotes, al tiempo que suprimía las órdenes religiosas y sus votos.
Solamente a alguien muy tonto se le habría ocurrido asistir a un bar y a una playa para correr el riesgo de que lo retrataran, sobre todo tratándose de una figura tan conocida como el padre Alberto, que de tonto no tiene nada. Esto significa que cabe la especulación de que todo fue premeditado.
El teólogo Joan Baptista Torelló afirma que el celibato facilita la unidad de vida, que es la base de la santidad cristiana, y abre el corazón a todas las personas sin excepción, exige y concreta la ascética diaria, sin la cual la unión con Dios en la tierra es imposible, y hace del sacerdote un testigo y un indicador cabal de la vida eterna.
El padre Alberto contrarió el celibato, decidiéndose por tener relaciones con una mujer, sin utilizar los medios que su propia iglesia puso a su alcance para colgar los hábitos.
Otros sacerdotes se han enamorado, pero han tenido la valentía de renunciar, y sus superiores han entendido. Los sacerdotes que han decidido de ese modo su nuevo destino, continuaron como creyentes de la fe católica, sin decepcionar a sus feligreses, como lo ha hecho el padre Alberto, aunque muchos le den su respaldo gracias a la manipulación mediática apoyada en el amor.
Los sacerdotes son humanos y están sujetos a sufrir las tentaciones de la carne. Consideramos que aquellos a quienes les suceda, deberían utilizar los mecanismos que tiene la iglesia para aprobar que dejen de ser sus ministros, sin necesidad de provocar un escándalo que contribuye a dividir la feligresía católica, algo que es inaceptable.

