Opinión

La caída de Gadafi

La caída de Gadafi

El coronel Muamar el Gadafi ha tenido que ser derrocado para que saliera a relucir toda la infamia con la que, a través de un discurso seductor, enmascaraba su imperio personal, construido en base a la riqueza petrolera del pueblo libio. Tras la amarga experiencia de Leopold III, el funesto rey belga que cubría con un manto de relaciones públicas sus atrocidades en el Congo, así como los ejemplos de Stalin y Ceausescu en Rusia y Rumania, no era como para dejarse engatusar con la parafernalia de Gadafi. El laureado escritor nicaragüense Sergio Ramírez se ha ocupado de eliminar, al describir los privilegios y riquezas de que gozaba la familia Gadafi, cualquier dejo de nostalgia o de duda alimentada por la retórica o las poses del depuesto dictador. A la colección de mansiones, yates, jets privados,  automóviles, villas en el extranjero, cuentas cifradas y legiones de criados se agregaban muchos otros caprichos que ofenden la dignidad humana. Uno de los hijos, a quien Gadafi compró un equipo de fútbol para satisfacerle el sueño de jugar la liga italiana, llegaba a los entrenamientos en helicóptero o al volante de un Lamborghini. El muchacho poseía una colección de vehículos de lujo y, en los predios de su mansión, una cancha de fútbol con grama artificial y torres de iluminación. La esposa de Gadafi, Aisha, abogada de los pobres y de los perseguidos, lucía costosísimos trajes y joyas hasta en los actos donde repartía entre los más necesitados de Libia el patrimonio público, como si se tratara de una obra de caridad.  Cuando festajaba sus 40 años en el poder, con todo el glamour y la fastuosidad que proporciona la desfachetez,  lejos tenía Gadafi que sus días estaban contados. El resentimiento acumulado por sus caprichos y abusos, así como los aires de libertad en su entorno provocaron el levantamiento que no sólo lo han echado del poder, sino que lo han desenmascarado.

El Nacional

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