La fascinación del hombre por historias apocalípticas ha sido evidente desde los inicios de la civilización. Historias fantásticas adornan centenares de culturas por todo el mundo sobre la forma en que se producirá el fin del mundo. Al principio las mayorías hablaban del fin del mundo como algo natural traído por la misma naturaleza o los dioses; con la expansión de las religiones monoteístas se agregó el toque del mea culpa de la raza a esas historias, de una forma vinculando los hechos del hombre el advenimiento del fin.
La ciencia, que por un tiempo trató de servir de contrapeso a los relatos fantasiosos tratando con hechos y aplicando el método científico para explicar el porqué de las cosas, con el tiempo (y en especial en los últimos 100 años) ha caído en la misma emoción apocalíptica y al mea culpa que en ocasiones pasadas, por razones quizás no tan distintas a las religiones organizadas.
Los que tenían uso de razón en la década de los 70s seguro recuerdan la señal de alarma del mundo científico sobre el advenimiento de un enfriamiento global (así mismo como lo leen) y la llegada de una nueva era de hielo.
Mi generación, por su parte, vivió el pánico del hoyo de la capa de ozono que nos iba a quemar a todos, idea que fue masivamente promovida durante finales de los 80s y buena parte de los 90s.
Cuando la euforia colectiva alrededor del fin del mundo por quemazones masivas mermó, los científicos se volcaron a hablar de los terrores que causaría el fenómeno de El Niño. Cuando El Niño no pareció asustar lo suficiente, apareció La Niña.
Y hoy estamos en los tiempos del calentamiento global, cuandolas temperaturas van a aumentar a niveles exorbitantes, que miles de humanos van a perecer porque los mares van a crecer, que los huracanes serán más y más fuertes con el tiempo, y el hambre, y las enfermedades, y esto y aquello etc.
Todos los casos apuntan a lo mismo: pretender un cambio dramático y masivo en los hábitos de las personas. Cambios que en su mayor parte nunca se dieron a medias, una vez la euforia se topaba con la realidad.
Hoy se debate en Copenhague la expansión de las medidas establecidas en el Tratado de Kyoto, en su mayoría funestas medidas para las economías de países desarrollados y países en desarrollo por igual. El mundo hoy se juega a un alto precio pagar por la euforia. Curiosamente ya las voces disidentes al dogma del calentamiento global están empezando a alzarse, porque francamente los números no le están dando, Manhattan no es una ciudad submarina, los huracanes están bien calmaditos y los niveles de CO2 no están aumentando como lo previsto.
Y es que, y es razón del título de este artículo, a final de cuentas no hemos sido quemados y hoy nadie habla del hoyo de la capa de ozono porque su tamaño se reduce notoriamente cada año no obstante lo que indicaba el dogma hace 20 años. Y uno imaginaría que los científicos aprenderían a no dogmatizarse, pues es parte de lo que se trata ser científico. Y sin embargo, tenemos el calentamiento global porque de algún lado tienen que conseguir el dinerito para pagarse su comida. ¿No?

