Los principios éticos son reales y no ficticios. Ellos tienen mucho que ver con la conducta humana. Don Juan siempre se esforzó por adentrarle a sus seguidores, cual si fuera una mancha endeleble, la importancia de cultivar la honradez dentro del campo de la política.
Para él, todo aquel que asumía responsabilidades políticas debía ser un paradigma a seguir en su barrio o en su comunidad, un ser humano decidido a sacrificarse por el bienestar colectivo de la sociedad que lo vio nacer.
Y sobre todo, tenía que dar muestra de honradez y capacidad mientras estuviese ocupando una posición pública.
Sí, ya lo sé. No todas las denuncias sobre actos de corrupción tienen una base concreta, sólida y verídica.
También reconozco que la oposición política o la llamada sociedad civil, a veces observan actos dolosos en donde en realidad nunca han existido.
Pero la verdad es que la percepción molesta, hace daño y, definitivamente, si se observa con espíritu crítico, obliga a cambiar de rumbo.
El presidente Leonel Fernández, en su condición de jefe de la administración pública, nombra a hombres y mujeres para que siempre administren, con honestidad y profesionalidad, los bienes del Estado.
Lo hace confiado y bajo el entendido de que en todas las decisiones de ellos siempre resalten los valores éticos, la conducta diáfana y la transparencia incuestionable en el manejo de la institución que de manera provisional dirigen.
Los funcionarios, en esta Navidad, al igual que todos los dominicanos, han de celebrar en familia; pero también han de reflexionar y evitar que en sus alrededores acontezcan cuestionamientos negativos a todas luces innecesarios y dañinos.

