Este trabajo fue escrito por Chris Hardman, quien es una asidua colaboradora de la revista Américas, órgano de difusión de la Organización de Estados Americanos (OEA), desde donde fue tomado el reportaje que disfrutan aquí
Avanzamos cuidadosamente por los pastizales tratando de evitar resbalar en el barro o pisar montículos de estiércol. En la copa de los árboles escuchamos estridentes chillidos que se tornan más fuertes e insistentes a medida que nos acercamos.
De repente, una gran ave cuyas alas extendidas alcanzan a cerca de un metro surge de entre el follaje y sale volando. Otra le sigue con fuertes chillidos sacudiendo las ramas de los árboles, y luego otra.
Los conservacionistas como Alexander Martínez desempeñan un importante papel en el esfuerzo por salvar la gran guacamaya verde. Martínez, un hombre musculoso de 61 años que se mantiene en movimiento constante trabaja incansablemente para salvar no solamente la guacamaya verde, sino también otras especies de aves.
Regentea una pequeña hostería en el pueblo de Puerto Viejo de Sarapiqui en la zona caribeña de Costa Rica. El y su hijo Kevin se desempeñan como guías de excursiones a los cerros para visitar un centro de rescate y reserva de vida silvestre que administran Martínez y un amigo.
También pertenece a un grupo de guarda parques voluntarios que vigilan y protegen los nidos de las guacamayas verdes.
En su juventud Martínez era un ávido cazador, pero después de vivir durante una década en el Canadá regresó a una Costa Rica muy diferente.
En los años sesenta y setenta el país había atravesado un auge maderero, y la introducción de sierras de cadena y equipos pesados aceleraron notablemente el progreso.
Me entristeció que hubiera desaparecido todo aquello tan hermoso y tan verde que había dejado», explica. Fue entonces que dejó la escopeta y la reemplazó por un par de binoculares.
La gran guacamaya verde (Ara ambiguus) vive en bosquecillos esparcidos en tierras húmedas desde Honduras al Ecuador. La deforestación ha reducido su hábitat y concentrado su población en cinco zonas: las fronteras entre Honduras y Nicaragua y entre Nicaragua y Costa Rica, la región del Darién en Panamá y Colombia, y dos pequeñas poblaciones en el Ecuador. Los científicos estiman que sólo subsisten 7.000 de estas aves en estado silvestre.
George Powell, científico del World Wildlife Fund, fue una de las primeras personas que llamó la atención sobre la situación de estas aves.
En 1994 era poco lo que se sabía de la guacamaya verde y su comportamiento, de manera que Powell, que estaba trabajando en el Centro de Conservación Tropical, inició el proyecto de Investigación y Conservación de la Gran Guacamaya Verde. Determinó que Costa Rica ya había perdido el 90 por ciento del territorio en que anidaban, y que en el país quedaban sólo 210 aves.
Más alarmante aún era su conclusión de que las aves necesitaban por lo menos cincuenta parejas para sobrevivir, y que en ese momento Costa Rica contaba solamente entre 25 y 35 parejas.
Lo que hace tan vulnerable a la guacamaya es su preferencia por el árbol de almendro (Dipterix panamensis) para alimentarse y anidar. El almendro, que alcanza 50 metros de altura, es un gigante en el bosque, y cuando las masivas ramas se rompen y caen, dejan cavidades en las que las guacamayas pueden hacer sus nidos.
Su altura y profundidad mantienen a los polluelos a salvo de los depredadores, mientras que las cavidades más pequeñas y las bromeliáceas proporcionan agua y las nueces una nutritiva fuente de alimento.
Desafortunadamente, la madera del almendro ha pasado a ser muy popular para patios, plataformas de madera y pisos. Durante el auge maderero inicial de Costa Rica, el almendro había logrado salvarse porque su madera era demasiado dura de cortar. Los taladores cortaban todos los demás árboles, dejando a los almendros en medio de pastos y tocones.
Cuando se dispuso de hojas que podían penetrar más fácilmente la madera, hasta los grandes almendros cayeron presas de las omnipresentes sierras.
En 1998 Powell contrató a dos jóvenes conservacionistas, Olivier Chassot y Guiselle Monge Arias para ocuparse de la fase de conservación del proyecto de las guacamayas. Su estrategia dependía básicamente de la participación de la comunidad y en programas de educación. Chassot y Monge viajaron a pequeñas comunidades rurales situadas dentro del hábitat de la guacamaya, hablando a los campesinos acerca de la importancia de las aves y los almendros. Lograron la colaboración de escuelas locales y contrataron a otros conservacionistas para cuidar los nidos. Cuándo se habla con la gente y se toma el tiempo para visitar sus comunidades, comprenden la idea de la conservación, dice Chassot.
Comprendiendo que la única manera de salvar las aves era salvar el bosque en el que viven, el equipo de conservación identificó el Corredor Biológico San Juan. La Selva, una zona geográfica de 240,000 mil hectáreas que conecta la Reserva Biológica Indio Maíz en el sudeste de Nicaragua con la Reserva de Vida Silvestre de Colorado y el Parque Nacional Torguguero en la costa caribeña de Costa Rica. Además se promovió la creación del Refugio Nacional de Vida Silvestre de Maquenque para proteger la crianza de la guacamaya.
Parte de la estrategia de conservación de Costa Rica se basa en la provisión de incentivos para proteger las aves y su hábitat. La Organización de Estados Americanos (OEA) junto con alrededor de 20 organizaciones locales, nacionales e internacionales que participan en las actividades que se llevan a cabo en el Corredor Biológico San Juan-La Selva- en 2001 comenzó a proveer recursos para plantar almendros.
La organización de Chassot, el Centro de Ciencias Tropicales, ha podido proporcionar pequeños pagos a los cuidadores de nidos. El programa «adopte un árbol» paga a los agricultores el precio de mercado para proteger los almendros. «La mayoría de los agricultores que están dispuestos a reservar tierras para conservación pueden recibir pagos del gobierno destinados a proteger sus bosques», explica Chassot.
Informa asimismo que la población de guacamayas comenzó a estabilizarse en Costa Rica entre 1998 y 2003, aumentando de 210 aves en 1994 a 275 en 2010. Ello demuestra que ha sido posible revertir la tendencia y que la población está creciendo lentamente.

