Por Danilo Cruz Pichardo
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He leído varios artículos sobre las circunstancias o causas que determinaron la derrota electoral del Partido de la Liberación Dominicana. No hay que ser experto en nada para establecer razones que están a la vista.
El PLD gobernó 20 de los últimos 24 años –16 de los cuales fueron de forma consecutiva– y es lógico que registre desgaste en su imagen, máxime cuando en ese largo período se produjeron decenas de hechos de corrupción, a tal extremo que un escándalo sacaba de la palestra a otro.
Solo la gran inversión en prensa y en publicidad, sumado lógicamenta a un asistencialismo que beneficiaba a varios millones, hicieron posible que un partido político se mantenga en el poder durante tantos años consecutivos, lo que constituye un récord en el tramo histórico que comprende el postrujillismo. Y los triunfos electorales del PLD, exceptuando los del 2012, están exentos de dudas.
Sin embargo, en la pasada campaña, la población mostró hartazgo respecto a la corrupción pública, la impunidad y los excesos del PLD. Y el sabotaje del certamen del 16 de febrero ocasionó serios daños al oficialismo, pues fue una especie de detonante que motivó a muchos a involucrarse en la campaña electoral y precisamente en contra del gobierno.
Por encima de las adversidades el PLD cometió el error de llevar a un candidato que impactó desfavorablemente, con evidente incapacidad para articular un discurso coherente en cuanto a la forma y que adicionalmente carecía en el fondo de propuestas basadas en la lógica.
Pero dentro de un análisis que procure la mayor objetividad posible, la razón fundamental de la derrota electoral del PLD descansa en su división. Todavía el 6 de octubre el PLD era la principal organización política de la República Dominicana. No hubo forma de reconciliación entre líderes que mostraron egos muy elevados. El expresidente Medina mantuvo la creencia del triunfo de Gonzalo Castillo sobre la base del asistencialismo y el fraude electoral.

