Para buena parte del mundo es conocida como la Generación X, para nosotros los dominicanos, los nacidos entre 1978 y 1984 representamos la primera generación formada dentro de la estabilidad democrática. Ajenos a períodos de represión política importante, pero muy conscientes de sus peligros, fuimos favorecidos con la ventaja de ser la primera en ser expuesta de forma masiva a las influencias de orden e institucionalidad del mundo desarrollado, gracias al rápido avance en las telecomunicaciones. A pesar de esto, bordeando la tercera década de vida, la que debió haber sido la generación que cambiara de forma significativa para bien a nuestro país, se ve hoy atrapada en los mismos errores que sus padres.
El fin de los 12 años de Balaguer en 1978 dio a luz una frágil, a veces tambaleante, democracia. Con algunos tropiezos, esta no quedó definitivamente cimentada sino hasta la Constitución de 1994.
Fuimos criados aborreciendo las dictaduras y la violencia política, nos enamoramos del sistema de garantías que veíamos o escuchábamos de los países desarrollados, vimos como luce el deber ser de un país y un Estado. Inconscientemente, asimilamos las consecuencias perniciosas del populismo, la corrupción, la debilidad institucional, el clientelismo y el culto a la personalidad. Pero cuando este 20 de mayo los de la generación de la democracia entren en sus cabinas de votación y se tropiecen con los mismos rostros que vieron en el 2000, eso dirá mucho, y lamentablemente lo va a hacer respecto de nosotros mismos como generación.
Muchos están involucrados de forma activa en la política, por lo que hablar de apatía no sería correcto. Estamos metidos de lleno en lo que hoy estamos viendo, lo que no es muy distinto a lo que vieron nuestros padres: el populismo, el continuismo de las figuras, el clientelismo, la corrupción, el discurso de encuestas, el culto a la personalidad y la falta de continuidad del Estado. La generación de la democracia no solo luce estar dando continuidad a la forma de hacer política y al idealismo gris, sino también a las mismas políticas de Estado y oposición que ya conocieron, y que saben muy bien que no funcionan, nuestros padres. Estamos no solo apoyando de forma pasiva, sino directamente apadrinando las formas que claramente sabemos nos llevarán a ninguna parte.
La responsabilidad de gobernar aún no ha llegado, para los que nacimos en la democracia. Pero el momento de empezar a cambiar lo que hay por lo que muy bien sabemos que se debe hacer, es ahora. Y confieso que me preocupa que al final seamos contagiados con las mañas de las viejas generaciones y no de sus virtudes, que, después de todo, son la razón por la que tenemos el privilegio de ser reconocidos como los bebés de la democracia y de vivir en un país donde la represión y la dictadura forman parte de un pasado bien enterrado.

